En su libro Germinal, Tania Tagle escribe que maternidad y filosofía se parecen en que ambas implican dudar. Coincido: maternar exige soltar el control, aceptar la incertidumbre y adaptarse al ritmo de los hijos. Tener un hijo no solo transforma el cuerpo, también el cerebro. Durante la gestación ocurre una remodelación neurológica, similar a la adolescencia, que nos prepara para responder a las necesidades del bebé y favorecer el apego.
Esta neuroplasticidad, antes documentada comparando mujeres antes y después del embarazo, era evidente. Sin embargo, hoy los estudios reportan cambios semana a semana e incluso hasta dos años después. Muestran disminución de materia gris y aumento en la integridad de la materia blanca, lo que sugiere menor enfoque social y mayor estado de alerta.
Sin embargo, no todos estos cambios son adaptativos; en algunos casos pueden asociarse con trastornos mentales. De ahí la importancia de identificar factores de riesgo o resiliencia para la depresión posparto, que afecta a 1 de cada 5 mujeres.
¿Qué podemos hacer? La evidencia apuesta por el eje intestino-cerebro: una microbiota diversa favorece la salud mental. Alimentarla con fibra, alimentos vegetales variados y fermentados, y reducir ultraprocesados, dietas restrictivas y antibióticos innecesarios puede ayudar.
Es en esta conversación silenciosa entre los alimentos, nuestra microbiota y el cerebro donde se moldean nuestras sinapsis y, con ellas, también nuestra manera de maternar.
*Profesora Escuela de Medicina y Ciencias de la Salud del Tec de Monterrey Campus Querétaro.