Una duda que ha surgido sobre la virtual presidenta de México es si podrá desarrollar y mantener autonomía de AMLO en sus decisiones de gobierno, dado lo que está ocurriendo con el tema de la reforma al Poder Judicial.
La próxima presidenta no la tiene fácil ya que quien la formó, impulso, apoyó, proyectó a la sucesión y definió su plan de gobierno, es un líder autocrático que no permite que nada se salga de su esfera de control, mismo que, desde su rancho, querrá mantener.
En su libro “Leadership that gets results”, (Harvard Business Press) el psicólogo Daniel Goleman describió seis tipos de liderazgo, el primero de los cuales es el autocrático o coercitivo cuyo mejor ejemplo es AMLO. Es un estilo en el que el líder tiene un control total sobre su equipo, toma decisiones unilaterales y no escucha las opiniones o ideas de sus subordinados. Él ordena y los demás obedecen sin cuestionar; dirige y controla inclusive violando y acosando a los subordinados; “Las consecuencias de no cumplir con lo encargado serán duras y en muchos casos intentarán sentar precedente”.
Ejemplos históricos de este tipo de líderes hay varios en el mundo: Luis XIV, Hitler, Lenin, Castro, Franco, Videla, entre varios más. Todos carismáticos, acapararon todo el conjunto de poderes públicos, y eran intolerantes a la crítica o al cuestionamiento de su autoridad.
Respecto a la reforma al Poder Judicial, mientras la señora Sheinbaum hablaba de que “tiene que abrirse un diálogo, tiene que evaluarse la propuesta y, en su momento, pues ya aprobarse”, el presidente le enmendó la plana y exigió que se acelerara el proceso a partir del 1 de septiembre, postura que, obediente, ratificó la próxima presidenta. Contrario a su pensamiento original, urgió a una consulta entre “el pueblo” que, al estilo 4T, se realizó el fin de semana y cuyos previsibles resultados dio a conocer ayer mismo.
El conflicto de la presidenta electa es definir si busca disciplina respecto a un proyecto de gobierno no trazado por ella sino por el actual presidente, o si acepta la sumisión a quien le abrió las puertas de palacio, la apergolló y le plantó un asqueroso beso en la mejilla.
Entiendo que, en política, la disciplina se da con respecto a un proyecto ideológico sustentado durante la carrera política, pero con libertad para oponerse a ciertas iniciativas de las que no se esté de acuerdo con el líder. La dura expresión facial de la señora Sheinbaum y su manifiesta fortaleza de carácter, harían suponer disciplina.
La sumisión, también en política, no toma en cuenta al sometido quien está a la merced de otra persona, muchas veces con humillaciones de por medio. Por conveniencia o por temor, se acepta desechar los criterios propios y asumir los de la otra persona. No parecería ser la opción de una mujer fría y calculadora que sabe lo que quiere y le gusta decidir y tomar la rienda de las situaciones. Al parecer, por conveniencia (o por estrategia), Sheinbaum ha optado por la sumisión confundiéndola con la disciplina y está perdiendo la oportunidad de empezar a brillar con luz propia.
La elección entre disciplina y sumisión depende de los valores personales y de las circunstancias específicas en las que se encuentre la virtual presidenta. De los valores, sólo ella sabe; de las circunstancias, está la confianza que 36 millones de ciudadanos depositaron en ella para solucionar los problemas que mayormente les afecta.