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12 de enero 2025

La voz del vicario de Cristo

Un camino de esperanza: tres acciones posibles

  1. Si nos dejamos tocar el corazón por estos cambios necesarios, el Año de gracia del jubileo podrá reabrir la vía de la esperanza para cada uno de nosotros. La esperanza nace de la experiencia de la misericordia de Dios, que es siempre ilimitada.

Dios, que no debe nada a nadie, continúa otorgando, sin cesar, gracia y misericordia a todos los hombres. Isaac de Nínive, un Padre de la Iglesia oriental del siglo VII, escribía: “Tu amor es más grande que mis ofensas. Insignificantes son las olas del mar respecto al número de mis pecados; pero, si pesamos mis pecados, respecto a tu amor, se esfuman como la nada”. Dios no calcula el mal cometido por el hombre, sino que es inmensamente “rico en misericordia por el gran amor con que nos amó” (Ef 2,4). Al mismo tiempo, escucha el grito de los pobres y de la tierra. Bastaría detenerse un momento al inicio de este año y pensar en la gracia con la que, cada vez, perdona nuestros pecados y condona todas nuestras deudas para que nuestro corazón se inunde de esperanza y de paz.

  1. Por eso, Jesús, en la oración del ‘Padre nuestro’, establece una afirmación muy exigente: “como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden”, después de que hemos pedido, al Padre, la remisión de nuestras ofensas (cf. Mt6,12). Para perdonar una ofensa a los demás y darles esperanza, es necesario, en efecto, que la propia vida esté llena de esa misma esperanza que llega de la misericordia de Dios. La esperanza es sobreabundante en la generosidad, no calcula, no exige cuentas a los deudores, no se preocupa de la propia ganancia, sino que tiene, como punto de mira, un solo fin: levantar al que está caído, vendar los corazones heridos, liberar de toda forma de esclavitud.
  2. Al inicio de este Año de gracia, quisiera, por tanto, sugerir tres acciones que puedan restaurar la dignidad en la vida de poblaciones enteras y volver a ponerlas en camino sobre la vía de la esperanza para que se supere la crisis de la deuda y todos puedan volver a reconocerse deudores perdonados.

Sobre todo, retomo el llamamiento lanzado por san Juan Pablo II con ocasión del Jubileo del año 2000 de pensar “en una notable reducción, sino en una total condonación, de la deuda internacional, que grava sobre el destino de muchas naciones”. Que, reconociendo la deuda ecológica, los países más ricos se sientan llamados a hacer lo posible para condonar las deudas de esos países que no están en condiciones de devolver lo que deben. Ciertamente, para que no se trate de un acto aislado de beneficencia que lleve a correr el riesgo de desencadenar nuevamente un círculo vicioso de financiación-deuda, es necesario, al mismo tiempo, el desarrollo de una nueva arquitectura financiera, que lleve a la creación de un documento financiero global, fundado en la solidaridad y la armonía entre los pueblos.

Además, pido un compromiso firme para promover el respeto de la dignidad de la vida humana desde la concepción hasta la muerte natural para que toda persona pueda amar la propia vida y mirar al futuro con esperanza, deseando el desarrollo y la felicidad para sí misma y para sus propios hijos. Sin esperanza en la vida, en efecto, es difícil que surja, en el corazón de los más jóvenes, el deseo de generar otras vidas. Aquí, en particular, quisiera invitar, una vez más, a un gesto concreto que pueda favorecer la cultura de la vida. Me refiero a la eliminación de la pena de muerte en todas las naciones. Esta medida, en efecto, además de comprometer la inviolabilidad de la vida, destruye toda esperanza humana de perdón y de renovación.

Me atrevo también a volver a lanzar otro llamamiento, apelándome a san Pablo VI y a Benedicto XVI, para las jóvenes generaciones en este tiempo marcado por las guerras: utilicemos, al menos, un porcentaje fijo del dinero empleado en los armamentos para la constitución de un fondo mundial que elimine definitivamente el hambre y facilite, en los países más pobres, actividades educativas también dirigidas a promover el desarrollo sostenible, contrastando el cambio climático. Debemos buscar que se elimine todo pretexto que pueda impulsar a los jóvenes a imaginar el propio futuro sin esperanza, o bien, como una expectativa para vengar la sangre de sus seres queridos. El futuro es un don para superar los errores del pasado, para construir nuevos caminos de paz.

  1. La meta de la paz
  2. Aquellos que emprenderán, por medio de los gestos sugeridos, el camino de la esperanza podrán ver, cada vez, más cercana la tan anhelada meta de la paz. El salmista nos confirma en esta promesa: “el Amor y la Verdad se encontrarán, la Justicia y la Paz se abrazarán” (Sal85,11). Cuando me despojo del arma del préstamo y restituyo la vía de la esperanza a una hermana o a un hermano, contribuyo al restablecimiento de la justicia de Dios en esta tierra y me encamino, con esta persona, hacia la meta de la paz. Como decía san Juan XXIII, la verdadera paz solo podrá nacer de un corazón desarmado de la angustia y el miedo de la guerra.
  3. Que el 2025 sea un año en el que crezca la paz. Esa paz real y duradera, que no se detiene en las objeciones de los contratos o en las mesas de compromisos humanos. Busquemos la verdadera paz, que es dada por Dios a un corazón desarmado: un corazón que no se empecina en calcular lo que es mío y lo que es tuyo, un corazón que disipa el egoísmo en la prontitud de ir al encuentro de los demás, un corazón que no duda en reconocerse deudor respecto a Dios y, por eso, está dispuesto a perdonar las deudas que oprimen al prójimo; un corazón que supera el desaliento por el futuro con la esperanza de que toda persona es un bien para este mundo.
  4. El desarme del corazón es un gesto que involucra a todos, a los primeros y a los últimos, a los pequeños y a los grandes, a los ricos y a los pobres. A veces, es suficiente algo sencillo, como “una sonrisa, un gesto de amistad, una mirada fraterna, una escucha sincera, un servicio gratuito”. Con estos pequeños grandes gestos, nos acercamos a la meta de la paz y la alcanzaremos más rápido; es más, a lo largo del camino, junto a los hermanos y hermanas reunidos, nos descubriremos ya cambiados respecto a cómo habíamos partido. En efecto, la paz no se alcanza solo con el final de la guerra, sino con el inicio de un mundo nuevo, un mundo en el que nos descubrimos diferentes, más unidos y más hermanos de lo que habíamos imaginado.
  5. ¡Concédenos tu paz, Señor! Esta es la oración que elevo a Dios, mientras envío mis mejores deseos para el año nuevo a los jefes de estado y de gobierno, a los responsables de las organizaciones internacionales, a los líderes de las diversas religiones, a todas las personas de buena voluntad.

Perdona nuestras ofensas, Señor,
como nosotros perdonamos a los que nos ofenden
y, en este círculo de perdón, concédenos tu paz,
esa paz que solo Tú puedes dar
a quien se deja desarmar el corazón,
a quien, con esperanza, quiere remitir las deudas de los propios hermanos,
a quien, sin temor, confiesa de ser tu deudor,
a quien no permanece sordo al grito de los más pobres.

 

Esta es la tercera y última parte del Mensaje Mundial de la Paz

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