
La voz del vicario de Cristo
Un camino de esperanza: tres acciones posibles
Dios, que no debe nada a nadie, continúa otorgando, sin cesar, gracia y misericordia a todos los hombres. Isaac de Nínive, un Padre de la Iglesia oriental del siglo VII, escribía: “Tu amor es más grande que mis ofensas. Insignificantes son las olas del mar respecto al número de mis pecados; pero, si pesamos mis pecados, respecto a tu amor, se esfuman como la nada”. Dios no calcula el mal cometido por el hombre, sino que es inmensamente “rico en misericordia por el gran amor con que nos amó” (Ef 2,4). Al mismo tiempo, escucha el grito de los pobres y de la tierra. Bastaría detenerse un momento al inicio de este año y pensar en la gracia con la que, cada vez, perdona nuestros pecados y condona todas nuestras deudas para que nuestro corazón se inunde de esperanza y de paz.
Sobre todo, retomo el llamamiento lanzado por san Juan Pablo II con ocasión del Jubileo del año 2000 de pensar “en una notable reducción, sino en una total condonación, de la deuda internacional, que grava sobre el destino de muchas naciones”. Que, reconociendo la deuda ecológica, los países más ricos se sientan llamados a hacer lo posible para condonar las deudas de esos países que no están en condiciones de devolver lo que deben. Ciertamente, para que no se trate de un acto aislado de beneficencia que lleve a correr el riesgo de desencadenar nuevamente un círculo vicioso de financiación-deuda, es necesario, al mismo tiempo, el desarrollo de una nueva arquitectura financiera, que lleve a la creación de un documento financiero global, fundado en la solidaridad y la armonía entre los pueblos.
Además, pido un compromiso firme para promover el respeto de la dignidad de la vida humana desde la concepción hasta la muerte natural para que toda persona pueda amar la propia vida y mirar al futuro con esperanza, deseando el desarrollo y la felicidad para sí misma y para sus propios hijos. Sin esperanza en la vida, en efecto, es difícil que surja, en el corazón de los más jóvenes, el deseo de generar otras vidas. Aquí, en particular, quisiera invitar, una vez más, a un gesto concreto que pueda favorecer la cultura de la vida. Me refiero a la eliminación de la pena de muerte en todas las naciones. Esta medida, en efecto, además de comprometer la inviolabilidad de la vida, destruye toda esperanza humana de perdón y de renovación.
Me atrevo también a volver a lanzar otro llamamiento, apelándome a san Pablo VI y a Benedicto XVI, para las jóvenes generaciones en este tiempo marcado por las guerras: utilicemos, al menos, un porcentaje fijo del dinero empleado en los armamentos para la constitución de un fondo mundial que elimine definitivamente el hambre y facilite, en los países más pobres, actividades educativas también dirigidas a promover el desarrollo sostenible, contrastando el cambio climático. Debemos buscar que se elimine todo pretexto que pueda impulsar a los jóvenes a imaginar el propio futuro sin esperanza, o bien, como una expectativa para vengar la sangre de sus seres queridos. El futuro es un don para superar los errores del pasado, para construir nuevos caminos de paz.
Perdona nuestras ofensas, Señor,
como nosotros perdonamos a los que nos ofenden
y, en este círculo de perdón, concédenos tu paz,
esa paz que solo Tú puedes dar
a quien se deja desarmar el corazón,
a quien, con esperanza, quiere remitir las deudas de los propios hermanos,
a quien, sin temor, confiesa de ser tu deudor,
a quien no permanece sordo al grito de los más pobres.
Esta es la tercera y última parte del Mensaje Mundial de la Paz






