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26 de enero 2025

La voz del vicario de Cristo

Hoy, retomamos la catequesis del ciclo jubilar sobre Jesucristo, nuestra esperanza.

Al comienzo de su Evangelio, Lucas muestra los efectos de la potencia transformadora de la Palabra de Dios que llega no solo a los atrios del Templo, sino también a la pobre casa de una joven, María, que, comprometida con José, todavía vive con su propia familia.

Después de Jerusalén, el mensajero de los grandes anuncios divinos, Gabriel, que, en su nombre, celebra el poder de Dios, es enviado a una aldea que la Biblia hebrea nunca menciona: Nazaret. En aquella época, era una pequeña aldea de Galilea, en la periferia de Israel, una zona de frontera con los paganos y sus contaminaciones.

Precisamente allí, el ángel lleva un mensaje de forma y contenido totalmente inauditos, tanto que el corazón de María se estremece, se turba. En lugar del clásico saludo: “La paz sea contigo”, Gabriel se dirige a la Virgen con la invitación: “¡Alégrate, regocíjate!”, un llamamiento muy querido en la historia sagrada porque los profetas lo utilizan cuando anuncian la venida del Mesías (cfr. Sof 3,14; Gl 2,21-23; Zc 9,9). Es la invitación a la alegría que Dios dirige a su pueblo cuando termina el exilio y el Señor hace sentir su presencia viva y operante.

Además, Dios llama a María con un nombre de amor desconocido en la historia bíblica: Kecharitoméne, que significa «llena de la gracia divina». María es llena de la gracia divina. Este nombre dice que el amor de Dios ha habitado, desde hace tiempo y sigue habitando, en el corazón de María. Dice que ella está «llena de gracia» y, sobre todo, que la gracia de Dios ha realizado, en ella, un “cincelado” interior, convirtiéndola en su obra maestra: llena de gracia.

Este cariñoso sobrenombre, que Dios da solo a María, va acompañado inmediatamente de una tranquilización: «¡No temas! ¡No temas!», la presencia del Señor siempre nos da esta gracia de no temer y, así, lo dice a María: «¡No temas!». «No temas», dice Dios a Abraham, a Isaac, a Moisés, en la historia: «¡No temas!». (cf. Gn 15,1; 26,24; Dt 31,8). Y nos lo dice también a nosotros: «¡No temas, sigue adelante, no temas!». «Padre, tengo miedo de esto»; «¿Y qué haces tú cuando…?»; “Perdone, padre, le digo la verdad: voy a la adivina…», «¿Vas a la adivina?”, “Sí, a que me lea la mano…». Por favor, ¡no tengan miedo! ¡No teman! ¡No teman! Esto es hermoso. «Soy tu compañero de viaje», esto le dice Dios a María. El «Todopoderoso», el Dios de lo «imposible» (Lc 1,37) está con María, está con ella y junto a ella, es su compañero, su principal aliado, el eterno «Yo-contigo» (cf. Gn 28,15; Ex 3,12; Jdg 6,12).

Luego, Gabriel anuncia a la Virgen su misión, haciendo resonar, en su corazón, numerosos pasajes bíblicos que hacen referencia a la realeza y mesiazgo del Niño que va a nacer de ella y que será presentado como cumplimiento de las antiguas profecías. La Palabra que viene de lo Alto llama a María a ser la madre del Mesías, el tan esperado Mesías davídico. Es la madre del Mesías. Él será rey, no a la manera humana y carnal, sino a la manera divina, espiritual. Su nombre será Jesús, que significa «Dios salva» (cf. Lc 1,31; Mt 1,21); recuerda, así, a todos y para siempre, que no es el hombre quien salva, sino solo Dios. Jesús es Aquel que cumple estas palabras del profeta Isaías: «No un enviado ni un ángel, sino Él mismo, los salvó con amor y compasión» (Is 63,9).

Esta maternidad estremece a María profundamente y, como mujer inteligente que es, es decir, capaz de leer dentro de los acontecimientos (cf. Lc 2,19.51), busca comprender, discernir lo que está sucediendo. María no busca fuera, sino dentro porque, como enseña san Agustín, «‘in interiore homine habitat veritas'» (De vera religione 39,72). Y, allí, en lo más profundo de su corazón abierto, sensible, escucha la invitación a confiar en Dios, que ha preparado, para ella, un «Pentecostés» especial. Como al principio de la Creación (cf. Gn 1,2), Dios quiere «empollar» a María con su Espíritu, un poder capaz de abrir lo cerrado sin violarlo, sin menoscabar la libertad humana; quiere envolverla en la «nube» de su presencia (cf. 1Cor 10,1-2) para que el Hijo viva en ella y ella en Él.

Y María se enciende de confianza: es «una lámpara con muchas luces», como dice Teófanes en su ‘Canon de la Anunciación’. Se abandona, obedece, hace espacio: es «una cámara nupcial hecha por Dios» (ibid.). María acoge al Verbo en su propia carne y se lanza, así, a la mayor misión jamás confiada a una mujer, a una criatura humana. Se pone al servicio: es llena de todo, no como esclava, sino como colaboradora de Dios Padre, llena de dignidad y autoridad para administrar, como hará en Caná, los dones del tesoro divino para que muchos puedan sacar de él abundantemente.

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