Falta menos de un mes para votar por 881 jueces y magistrados en el país, y no se percibe un ambiente electoral. No hay spots, ni jingles, ni eventos masivos, ni debates. ¿Usted conoce al candidato por el que, se supone, va a votar? Se lo adelanto: será una elección desangelada. Si la base de Morena sale a votar en masa, participará el 30% del padrón electoral, es decir, unos 30 millones de mexicanos. ¿Eso es legitimidad?
Los jueces y ministros que resulten electos serán, en los hechos, los que Morena y sus aliados ya decidieron. No habrá sorpresas: usted elegirá a un aliado de la presidenta y su partido. No hay por qué escandalizarse. Así lo hacía el PRI. El Poder Judicial ha sido históricamente un poder subyugado, y esta elección no cambia nada, simplemente simula que usted decide lo que ya está decidido. La diferencia es que ahora se disfraza esa sumisión de voluntad popular.
¿A quién beneficia esta elección? ¿Quién gana realmente con ella? En medio de tragedias, carencias y una larga lista de urgencias nacionales, gastar miles de millones de pesos no sólo es inútil: es ofensivo. Esta elección es un carísimo montaje. Un capricho electoral que nadie pidió y que a nadie le importa. Una puesta en escena para que el sistema siga funcionando como siempre, sólo que ahora con aplausos.
Cortesía de un aparato de poder que Sheinbaum no puede – o no quiere- extirparse.