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16 de mayo 2025

Isaac Jiménez

La transición hacia una matriz energética renovable en México no es solo una imperativo ambiental, sino también una necesidad económica. En un mundo donde la presión climática aumenta y las oportunidades en la economía verde se expanden, el país se enfrenta a la urgente tarea de reducir su dependencia de los combustibles fósiles y maximizar su potencial renovable. Sin embargo, las olas de calor, cada vez más frecuentes e intensas, representan un reto estructural que amenaza tanto la estabilidad del sistema eléctrico como la viabilidad de esta transición.

Según la Secretaría de Energía (SENER), México genera actualmente el 30% de su electricidad a partir de fuentes renovables, desglosadas en un 18% eólica, 7% solar, 4% hidroeléctrica y 1% geotérmica. A pesar de este avance, el 70% de la electricidad sigue proveniendo de combustibles fósiles, principalmente gas natural. Con una capacidad instalada renovable de 15,000 MW, el país apenas ha explotado el 10% de su potencial, que se estima en 50,000 MW para la energía solar y 13,000 MW para la eólica, según la Agencia Internacional de Energías Renovables (IRENA).

En 2024, México produjo 82,000 GWh de energía limpia, un avance notable, pero aún insuficiente para cumplir con la meta del Acuerdo de París, que establece un 50% de energía limpia para 2030. La CFE ha impulsado proyectos renovables estatales, con un plan para añadir 2,500 MW de capacidad solar y eólica en 2025. Sin embargo, la inversión anual en renovables, que asciende a 2,000 millones de dólares, está lejos de los 10,000 millones necesarios para alcanzar las metas climáticas.
Las olas de calor, intensificadas por el cambio climático, han comenzado a afectar gravemente la demanda y la oferta de energía en México. En 2023 y 2024, el país registró temperaturas récord, alcanzando picos de hasta 45°C. Estas condiciones extremas no solo incrementan el consumo de electricidad, principalmente por el uso de aire acondicionado, sino que también complican la estabilidad del sistema eléctrico. En mayo de 2024, la demanda máxima de electricidad alcanzó los 53,000 MW, un 10% más que en 2022, lo que ha llevado a sobrecargas en la red y apagones. La demanda residencial creció un 8% anual, mientras que la demanda industrial se estancó, lo que ha reducido los márgenes de reserva del sistema, que opera al 90% de su capacidad durante los picos de calor.
Las sequías también han disminuido la generación hidroeléctrica, que cayó un 20% en 2024 debido a niveles críticos en presas como La Angostura. En Querétaro, aunque la energía solar ha crecido, el estado enfrenta desafíos similares, con un aumento en la demanda eléctrica que presiona la infraestructura existente. Otros estados como Nuevo León, Sonora, Baja California, Jalisco y Guanajuato han experimentado incrementos significativos en su demanda energética, lo que agrava la situación.
Para abordar el impacto de las olas de calor, es crucial adoptar un enfoque que combine inversión, innovación y políticas públicas. Algunas estrategias clave serían:
1. Expandir el almacenamiento de energía: Desarrollar tecnologías de almacenamiento que permitan acumular energía de fuentes renovables, garantizando un suministro constante y confiable, especialmente durante los picos de demanda. Esto no solo mejoraría la estabilidad de la red, sino que también fomentaría un mayor uso de energías limpias.
2. Modernizar la red eléctrica: Implementar mejoras en la infraestructura eléctrica que permitan una transmisión más eficiente de la energía, conectando regiones con alto potencial renovable. Esto facilitaría la integración de nuevas fuentes de energía y reduciría las pérdidas en el sistema.
3. Fomentar la eficiencia energética: Promover el uso de tecnologías y prácticas que reduzcan el consumo energético en hogares e industrias. Esto incluye la implementación de programas que incentiven la adopción de electrodomésticos eficientes y la mejora de la eficiencia en la construcción de edificios.
4. Diversificar la matriz renovable: Aumentar la inversión en fuentes de energía menos afectadas por el clima, como la geotermia y la biomasa. Esto no solo complementaría la energía solar y eólica, sino que también contribuiría a una mayor resiliencia del sistema energético ante condiciones climáticas extremas.
La transición energética representa una oportunidad para impulsar el crecimiento económico y la sostenibilidad. Sin embargo, las olas de calor exponen las vulnerabilidades de un sistema eléctrico que aún depende en gran medida de los combustibles fósiles y cuenta con una infraestructura limitada. Superar este reto exige un esfuerzo coordinado para expandir el almacenamiento, modernizar la red y diversificar la matriz energética. Con un potencial renovable excepcional y una creciente demanda global de tecnologías verdes, México tiene la oportunidad de liderar la economía verde en América Latina, pero debe actuar con urgencia para transformar los desafíos climáticos en oportunidades económicas.

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