México está roto. El crimen y la violencia no respeta jerarquías, la verdad se disuelve, el trabajo ya no da estabilidad, apenas lo mínimo. Los recientes atentados contra altos funcionarios de la Ciudad de México desnudan a las autoridades. Los malos operan con mejor inteligencia y más recursos que las fuerzas de seguridad. El Estado ha perdido el monopolio de la información y el control sobre la narrativa de los hechos.
Las redes sociales —monstruo o bendición— distorsionan la opinión pública, la posverdad es un virus. En Puebla ya vimos cómo un simple rumor encendió una turba. Basta un tuit para destruir una reputación, movilizar una muchedumbre o sepultar una investigación legítima. El pacto laboral tampoco aguanta más. Millones de trabajadores sobreviven con salarios de miseria, jornadas inacabables y condiciones que explican por qué no existe la lealtad dentro de las empresas. Las reformas laborales siguen atrapadas entre la indiferencia y la simulación. La ley de 40 horas duerme en comisiones, y solo la presión y el caos, como lo demuestra la CNTE, consigue resultados.
A unos meses de iniciado el nuevo gobierno, el desconcierto crece. Hay buenas intenciones, sí, pero no basta. Falta acción, falta rumbo, falta autoridad. El próximo domingo habrá elecciones, pero no hay ambiente, no hay emoción, no hay debate. ¿Qué pasa si nadie vota? ¿Importa? ¿Se sostiene el país con los discursos de los aplaudidores? ¿Qué México habrá después del 1 de junio? ¿Llegará la respuesta, de Palacio, del Congreso o de la calle? El silencio no es respuesta. Que se escuche ya, el grito de todos.