La censura y el autoritarismo ya no son advertencias abstractas; hoy se imponen con una crudeza innecesaria. La tradición de la burla política mexicana tiene raíces profundas: nombres como Palillo, Cantinflas, Héctor Suárez y Brozo encarnaron el espíritu crítico del pueblo. Algunos pagaron su osadía con cárcel, censura o exilio laboral por atreverse a decir lo que otros callaban. Hoy, las redes sociales han multiplicado ese megáfono. Cada usuario puede ser cómico, periodista o testigo; la posibilidad de que una opinión se vuelva viral está siempre latente. Sin embargo, la fuerza democratizadora de la red ha traído consigo un nuevo riesgo: opinar es peligroso.
La paradoja es amarga. Los políticos que alguna vez presumieron rebeldía y cercanía con el pueblo, ahora, en el poder, reclaman respeto y sumisión automáticos. Suponen que el cargo confiere dignidad, respeto, elegancia y autoridad incuestionables. Los que ayer denunciaban prepotencia y abuso hoy buscan imponer, por la fuerza, el prestigio que no han sabido construir. La amenaza es explícita: quien critique, cuestione o hiera su nueva y frágil imagen será perseguido y castigado. Poco importa si hay que reinterpretar o corromper la ley; lo esencial es demostrar quién manda e imponerse.
El miedo, sin embargo, nunca ha consolidado un poder legítimo. Al contrario: siempre enciende la solidaridad y la furia, primero, silenciosas; luego, irresistibles. La sociedad no olvida ni tolera el abuso. La lección es vieja, pero el poder, cuando es nuevo, la ignora. La presidenta, a diferencia de sus correligionarios, entiende que la autoridad se construye con inteligencia, no con exceso. }Su formación y su oficio la sitúan en otra lógica: la de la inteligencia y la razón.