En la Revolución Francesa, la burguesía ilustrada y el pueblo empobrecido compartían un enojo común: el abuso sistemático de la monarquía y los privilegios del clero. Esa alianza, entre los que sabían leer y los que apenas comían, incendió París y transformó la historia. Una convergencia de agravios que tuvo un objetivo: derrotar al poder. Fue la polarización perfecta. Al final, ese movimiento que prometía libertad y engendró la Declaración de los Derechos del Hombre, terminó devorándose a sí mismo bajo la lógica que lo encendió: quien no piensa como yo, sobra.
¿Se ha dado cuenta de que casi todos los movimientos actuales nacen con la intención de dividir? Las causas ya no buscan construir consensos, sino generar adhesiones viscerales. No importa la congruencia del reclamo, basta con que convoque a un grupo lo suficientemente ruidoso.
Hoy sólo importa de qué lado estás. López Obrador entendió esta lógica mejor que nadie. Polarizó sin definir a su adversario. Su enemigo era múltiple y abstracto: los “fifís”, los “conservadores”, los “corruptos”, figuras imprecisas que cada quien podía moldear a su antojo. Sus seguidores se veían a sí mismos como víctimas: los ignorados, los humildes y el llamado pueblo bueno. Hoy, esa fórmula se ha vuelto moneda corriente: partidos, colectivos, activistas y oportunistas de todo signo buscan reunir una “masa crítica”. Si la multitud no alcanza, se provoca el escándalo con estallidos violentos; los medios y las redes se encargan de amplificar cualquier chispa. La violencia vende, indigna y da visibilidad.
El problema no es la polarización como estrategia, sino su generalización como método. Cada grupo cree tener la razón absoluta; cada bando exige sumisión incondicional. Pero si todos pelean por todo al mismo tiempo, el resultado no es transformación, sino parálisis. No hay espacio para acuerdos, solo trincheras. Y en un país con instituciones rebasadas, la suma de todas las polarizaciones puede derivar en una gran masa enloquecida donde nadie gana, donde el resultado final es cero, no suma, resta. No hay vencedores. Solo una sociedad que se consume a sí misma mientras aplaude su propia ruina.