Durante una visita a la Mezquita Azul, usé el hiyab (un pañuelo que se ata alrededor de la cara) para que me permitieran explorar el interior del templo. Mi hija se negó; prefirió perderse la experiencia. Su decisión me inspiró respeto. Empujada por la curiosidad, yo accedí; pronto el velo me pesó, física y simbólicamente. Recordé otra forma de opresión vivida sin velo: el control silencioso. En Alemania, el hiyab aparece en barrios donde lo cotidiano tiene acento migrante. En Hamburgo, más mujeres con hiyab que en Estambul transitan las calles entre bazares, panaderías sirias y peluquerías afganas. El velo se mueve como parte del paisaje, envolviendo cuerpos y costumbres en una rutina ajena al ideal alemán. Se ha vuelto un tema delicado en el debate sobre integración y libertad. Algunos opinan que ser alemán es renunciar a la religión en público y creer en la igualdad de género. Para otros, la idea debe evolucionar e incorporar las tradiciones musulmanas. Hay mujeres que lo adoptan por convicción, y otras que lo rechazan por libertad. La autonomía empieza cuando cada mujer elige por sí misma, sin presiones externas.