“Cuando uno está triste, el pollito de las emociones se sienta en el rincón oscuro del corazón”. Comprendo las palabras de mi hija cuando la melancolía anida sin permiso. Desde que nacemos, la muerte es certeza: atravesamos la inocencia algodonosa de la niñez, los días salvajes de la carrera, devoramos destinos, desperdiciamos años en relaciones abusivas. Cuando florecemos, el cuerpo nos recuerda que lo que cruje es perecedero.
Una mariposa revolotea en mi garganta, dos vértebras se enamoran sin soltarse, las rodillas truncan aguas abiertas, el trigémino roba viajes. El pollito celeste irrumpe y enciende brasas en mis huesos. Colecciono achaques como estampitas del mundial; gracias, papá, por los regalos. La charla pasa de borracheras a dolencias.
Pollito azul: ¿cuántos años quedan? Sylvia Plath me susurre: “Nunca podrás vivir todas las vidas, conocer todos los mundos, leer todos los libros.” Floto en la ligereza del agua, donde la gravedad se rinde, hasta que la línea negra se acaba. Escribo antes de que los dedos se vuelvan ramas. Anhelo al pollito neón, el que brinca en rincones coloridos del corazón, porque: “Cuando se disipen las nubes y se me ponga lo Schütze, que se agarre el pinche mundo.”