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19 de agosto 2025

Roberto Mendoza

Durante seis años, desde las mañaneras, López Obrador construyó una narrativa que responsabilizaba a los tecnócratas priistas de acabar con el país en pocas décadas de mal gobierno. Prometía una transformación histórica basada en la honestidad, la austeridad y poner “primero a los pobres”. Los datos oficiales revelan una realidad devastadora: se ha gastado más dinero que cualquier administración, pero se ha invertido menos que nunca en el futuro de los mexicanos. Las cifras de Hacienda destruyen la retórica oficial. La inversión física colapsó de 4.5% durante 2010-2014 a apenas 2.8% promedio en el sexenio de López Obrador.

Para 2025, es aún más grave: 2.3% del PIB, una reducción de 836,600 millones de pesos en infraestructura productiva. Mientras tanto, el gasto público total alcanzó 27% del PIB en 2024. Los recursos se destinan a programas asistenciales que crecieron 313.5%, mientras sectores productivos sufren recortes sistemáticos. La diferencia entre gasto e inversión no es semántica: el primero mantiene dependencia política, la segunda construye futuro.

Las comparaciones internacionales confirman el desastre. México ocupa los últimos lugares entre países de desarrollo similar. En salud pública, México invierte 2.8% del PIB, mientras República Checa invierte 7.8%. En educación, México destina 4.25% comparado con 7.3% de Costa Rica. En infraestructura, Colombia invierte 2.8% del PIB, México apenas 1.8%. Países que México solía superar ahora lo aventajan sistemáticamente. La vergüenza no es solo fiscal sino institucional: México cayó al puesto 140 de 180 países en el Índice de Percepción de Corrupción 2024. Hacer dos o tres aeropuertos, un tren en la selva o una refinería, no es invertir bien el dinero, es gastarlo políticamente. Los 1.5 billones de pesos de los megaproyectos equivalen a triplicar el presupuesto anual de salud federal. Este despilfarro evidencia una administración que no entiende la diferencia entre construir infraestructura política y generar desarrollo económico.

Desde hace siete años experimentamos una “nueva administración pública” de un gobierno que no sabe administrar el dinero de todos. Los lugares donde parece haber buena administración están conquistados por la delincuencia o la corrupción. El aparato funciona sin buscar eficiencia, solo mantiene un nivel de “normalidad” para ganar dinero. Más que un gobierno, esta administración funciona bajo los parámetros de la “cosa nostra” pero sin principios de honor, ni siquiera con el pudor priista o la moral panista. La 4T administra bajo el esquema de la ley de Herodes: o te chingas o te jodes. Todo con prisa porque saben que sin base sólida y con ideólogos viejos anclados en el siglo pasado, pronto esa serpiente que se está comiendo a sí misma se devorará entera. Nadie en el gobierno se dedica a pensar en el futuro, todo es inmediato y así, para 2030, acabarán con todo.

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