Carl von Clausewitz entendió que en la la guerra solo existen dos caminos: el consenso o la violencia. México vive hoy esa tensión clausewitziana de manera extrema. El oficialismo ha optado por la segunda vía, convirtiendo al Congreso en un teatro de confrontación donde la mayoría aplasta sistemáticamente cualquier intento de diálogo.Esta estrategia destruye las instituciones.
El Senado ejemplifica esta degradación. Gerardo Fernández Noroña siembra violencia con insultos y humillaciones, para luego hacerse la víctima cuando cosecha las consecuencias. En Diputados, Ricardo Monreal dirige 253 legisladores que han renunciado al debate: las leyes las dicta la presidenta, la oposición es irrelevante, y el consenso es un concepto vacío. Ambas cámaras funcionan por inercia autoritaria.
La paradoja es letal: al elegir la violencia política sobre el consenso, Morena polariza al país y devora las instituciones que se construyeron para gobernar. Es un uroboros político que se consume mientras el pueblo observa con morbosa fascinación, esperando algo que nunca llegará, porque no hay voluntad para construir. México está atrapado en la lógica del todo o nada, presenciando el suicidio institucional de una República que alguna vez tuvo futuro.