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4 de septiembre 2025

Marcela Ávila-Eggleton
Consejera del Observatorio Ciudadano

¿Qué pasa cuando ganar una elección se convierte en patente de corso? Un régimen donde una mayoría electoral —real o fabricada por reglas a modo— se usa como coartada para concentrar el poder en el Ejecutivo, someter al Congreso y desdibujar la representación plural que debería dar voz a la ciudadanía es la negación misma de la democracia.

Esa negación se consuma con la imposición de una lógica autoritaria disfrazada de mandato popular donde quien gana no solo tiene el derecho de gobernar, sino el privilegio de eliminar controles y quien disiente no participa, estorba. Reducir la democracia a un simple conteo de votos es desconocer su esencia. La democracia también es garantizar que todas las voces —incluidas las incómodas— tengan espacio, influencia y protección institucional.

La ciudadanía no elige para obedecer, sino para ejercer poder colectivo. Y cuando se le niega el derecho a representar la diversidad social, a vigilar a sus gobernantes y a exigir rendición de cuentas, lo que se erosiona no es solo un sistema: son derechos fundamentales. El voto sin control es un espejismo democrático.

La democracia no es un cheque en blanco. Si las reglas están diseñadas para blindar al ganador, anular la crítica y suprimir la alternancia, lo que se impone no es gobernabilidad: es un poder sin vigilancia. Y donde no hay vigilancia, lo que queda no es estabilidad, es una democracia mutilada.

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