Septiembre es un mes de contrastes: la patria se viste de fiesta, y con ella nosotros, para recordar el grito de independencia, pero también nos recuerda lo que nos ha sacudido con violencia. Es el mes de los sismos que partieron la vida de la capital y otros estados del país, de las inundaciones que devastaron Acapulco y, apenas hace unos días, de la explosión de una pipa en el Puente de la Concordia. Fiesta y tragedia conviven en un mismo calendario, en esa tensión se revela nuestra identidad más honda: la de un pueblo que ríe y disfruta con fuerza y que, frente al dolor, se levanta una y otra vez.
En medio del caos surgen nuestras virtudes más genuinas. La solidaridad no es una consigna: es un impulso. Es la misma que mueve a alguien a llegar con café y pan a las familias afuera de un hospital. El mexicano común ayuda: lo hace sin preguntar, sin diferenciar, sin esperar nada a cambio. Se quita la camisa porque sabe y comprueba que el otro la necesita. La generosidad es nuestro verdadero capital.
Pero no todos la comparten. Jesús Ramírez, Pedro Miguel o Epigmenio Ibarra pretenden sectorizar la empatía y volverla patrimonio exclusivo de un grupo. Alito Moreno o Marko Cortés, desde la otra trinchera, buscan lo mismo: condicionar la ayuda, dividir, polarizar. Ellos viven de construir muros. Nosotros vivimos de tender puentes. A la hora de la desgracia, sus intentos fracasan: el mexicano no pregunta por ideología, pregunta qué hace falta. Eso es lo que celebramos hoy: la mexicanidad que sobrevive a la tragedia y también a la mezquindad política. Por eso gritamos: ¡Que viva México!