El primer año de gobierno no ha sido una transición, sino una torpe prolongación con otros modos. El poder se exhibe con los mismos símbolos: concentraciones masivas, acarreo, espectáculos de lealtad en el Zócalo. La frase “no somos iguales” se ha viciado de sentido. Hoy, un mitin de cientos de miles ya no es prueba de hegemonía, es un ritual inercial. La maquinaria política heredada no se desmontó, se administra y mal. Cambió la voz en la tarima, no el libreto.
En el centro de esta incómoda continuidad late una tensión inevitable: la sombra de un neocaudillo. López Obrador se comporta como si el poder siguiera siendo suyo. Pero el viejísimo sistema que revivió no tolera dobles mandos. Sheinbaum está atrapada entre el mito que la llevó a la presidencia y la necesidad de construir su propia autoridad. Reacomoda fichas, desplaza y exilia figuras, manda señales, pero no rompe. Y mientras no rompa, todo su margen de maniobra seguirá condicionado por la tutela política que vive en la Chingada. Su batalla es con la sombra que al mismo tiempo la sostiene y la limita.
La paradoja es clara: la primera mujer en encabezar un gobierno con perfil tecnócrata arrastra inercias ideológicas anacrónicas que frenan su narrativa. Una parte del gabinete opera con lógica de gestión; otra, en un entorno político con lógica de culto. Esa fractura es insostenible. Si la presidenta no rompe definitivamente con ese lastre llamado Obrador, quedará atrapada en un híbrido disfuncional: ni continuidad plena ni transformación real. Un año después, el tiempo político ya corre en su contra.