La muerte del alcalde Carlos Manzo exhibió el agotamiento de una estrategia disfrazada, durante años, de comunicación. La reacción presidencial, descalificar la indignación social en redes como una tendencia artificial y pagada, confirma que ese modelo ya no sirve. No fue un adversario quien la derrotó, sino la evidencia misma. La narrativa impulsada por cuentas aliadas, bots y voceros oficiales colapsó porque los hechos pesan más que cualquier montaje. La Generación Z, harta de la manipulación, aceleró el desenmascaramiento: descalificar el descontento auténtico como conspiración es el último recurso de un poder que perdió, hace tiempo, el pulso de la calle.
Cada martes, los arquitectos de esta ficción afinan sus líneas y ensayan defensas desde la propia Presidencia. Son expertos en un juego que ya se volvió irrelevante. Sus argumentos, repetidos hasta el cansancio, solo resuenan entre ellos mismos. Los artífices del discurso oficial han sido superados por la verdad, esa hermana incómoda de la realidad. Creerse más inteligente que los acontecimientos es el error clásico de la soberbia: conduce a perder el piso, a operar desde la burbuja, convencidos de que aún tienen el control.
Lo más inquietante es que la Presidenta, una científica de formación, respalde un método que no resiste el menor escrutinio. ¿Dónde quedó la observación de los datos? Cuesta trabajo creer que no advierta que ese equipo, el mismo que ya fracasó durante seis años, la engaña y la aísla. Ya no me pregunto cuándo los va a correr, sino si está dispuesta a perder el poco capital político que queda por seguir con ellos.