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18 de noviembre 2025

Roberto Mendoza

La narrativa oficial intentó reducir la convocatoria del 15 de noviembre a un espejismo digital: la “Marcha Gen Z” iba a ser violenta y había que tener miedo. Pero a las 11:20 en el Ángel la escena desmentía el guion. No era una movilización de bots, sino de familias. Los jóvenes de 17 a 20 años caminaban acompañados por sus padres, y el ícono de la bandera pirata de One Piece se difundía como un símbolo global de rebeldía adoptado por todos. No marchaban por una caricatura; marchaban por el asesinato de Carlos Manzo, que se volvió el catalizador, la chispa, la prueba abrasiva de un Estado que ya no puede ocultar sus errores y omisiones. Las consignas no eran juveniles: eran un reclamo directo a la presidenta Sheinbaum y un lamento frente al futuro que este gobierno les está arrebatando.

El régimen necesitaba un antagonista violento y, puntualmente, apareció. Al llegar al Zócalo, un bloque perfectamente identificable —encapuchados con martillos, hachas y cohetes— ejecutó la coreografía de la violencia. No buscaban confrontar al poder, sino fabricar la imagen que deslegitimara la protesta. Es la táctica de siempre: usar el estruendo de unos cuantos para opacar la voz de miles. La marcha ciudadana no llevaba herramientas de amenaza; llevábamos el Himno Nacional y el enojo. Pero el oficialismo insiste en fundir la indignación por la muerte de Manzo con el vandalismo escénico de un grupo de choque, reduciendo un reclamo cívico a un expediente de desorden para justificar el desdén.

La protesta terminó sin incidentes. Terminamos en una taquería de la calle Bolívar, donde manifestantes y clientes comían; Emilio Álvarez Icaza encabezaba una de las mesas. Éramos desconocidos unidos por el cansancio y el hambre. De pronto, un comensal gritó: “¡Viva México!”, y todo el salón respondió al unísono: “¡Viva!”. No fue un gesto forzado ni un artificio. Fue una comunión espontánea, la confirmación de que el patriotismo verdadero no está en los templetes ni en los discursos de las mañaneras, sino en la calle, en la frustración compartida y en la certeza obstinada de que todavía es posible rescatar nuestro México.

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