En el bosque, donde raíces escuchan y piedras recuerdan, vivía Kurhíkuaeri, un jaguar cuyo nombre evocaba el fuego eterno. No era el primero en ocupar la roca del claro, pero sí el único que rechazó las frutas podridas de los chacales mientras algunos felinos aceptaban el trueque a cambio de no ver, otros se dejaban acariciar por los búhos de la niebla y, así, los zopilotes se multiplicaron, los coyotes marcaron territorio y las serpientes se enroscaron en los troncos más altos. Kurhíkuaeri hablaba de cachorros silenciados y cantos truncados antes del alba. El musgo del miedo cubría las lenguas: «Y, ¿si los chacales nos oyen?», murmuraban los venados; «Y, ¿si los coyotes nos huelen?», temblaba el armadillo. En el Festival de las Luciérnagas, subió a la roca con su cría y exigió que el bosque no se volviera pantano. Entonces, una serpiente descendió y lo mordió. Kurhíkuaeri cayó entre las hojas, mirando al cielo. Su cría lo olfateaba sin entender la ausencia. Algunos animales lloraron, otros callaron. Los búhos soltaron humo espeso. Una ardilla vieja advirtió: «No basta con encender luces una vez al año. Si no cuidamos el fuego, los parásitos volverán».