Dormir debería ser el acto más sencillo del día, pero, en la era de las pantallas, se ha convertido en un desafío. ‘Smartphones‘, notificaciones nocturnas y maratones de series han desplazado un hábito que, durante millones de años, fue intocable y, mientras creemos que “no pasa nada” por dormir menos, nuestro cerebro sufre las consecuencias.
Mientras dormimos profundamente, entra en acción el sistema glinfático, quien limpia toxinas y residuos metabólicos (incluida la beta-amiloide asociada al Alzheimer). Es una especie de “lavado cerebral” nocturno que solo ocurre cuando el sueño es profundo, suficiente y de calidad. La luz azul, el estrés digital y los horarios irregulares reducen esa fase crítica, dejando al cerebro sin tiempo para regenerarse.
Hoy, no dormimos poco solo por elección, sino por diseño, nuestras rutinas están hechas para mantenernos despiertos, pero cada hora de sueño sacrificada crea una deuda de sueño impagable que afecta la memoria, la concentración y, a largo plazo, la salud neurológica.
Dormir no es perder el tiempo, es recuperarlo manteniendo un cerebro estable y protegido. Una de las medidas más efectivas de higiene del sueño (evitar las pantallas una hora antes de acostarnos y dormir entre siete u ocho horas cada noche) tiene un impacto más profundo en nuestra salud cerebral que cualquier suscripción o ‘app’ de paga. La verdadera revolución del bienestar no está, quizá, en otro dispositivo que prometa ayudarnos a dormir, sino en aprender a apagarlo.
*Profesora de cátedra de la Escuela de Medicina y Ciencias de la Salud del Tecnológico de Monterrey, Campus Querétaro.