En la antigua Roma, los augures no eran adivinos, sino intérpretes de la voluntad divina: observaban el vuelo de las aves, el auspicium, para determinar si el momento era propicio para la acción política o militar. Hoy, a días de cerrar 2025, no necesitamos mirar al cielo ni descifrar parvadas para entender lo que se avecina. Los signos para 2026 son quizá demasiado claros y, desgraciadamente, carentes de mística: el futuro inmediato exigirá resistencia.
El primer golpe de realidad llegará, como siempre, al bolsillo. Bajo la bandera de la salud pública, el impuesto al refresco y al tabaco encarecerá hábitos arraigados sin reducir su consumo: es una medida inflacionaria y recaudatoria, no sanitaria. A ello se sumará el impacto de los aranceles a productos en su mayoría chinos y a la tecnología de vapeo, que elevarán precios por decreto y fomentarán la piratería. Mientras tanto, el SAT, más agresivo que nunca, vigilará cada peso en un entorno donde el contribuyente queda sin defensa institucional. Pagaremos más por existir, atrapados entre la voracidad fiscal y la inercia de nuestras propias costumbres.
En el tablero político, 2026 será un año de pronóstico reservado. Habrá un nuevo intento de reforma electoral y una presidenta empeñada en consolidar su propia voz frente al desgaste de su popularidad y una violencia incontrolable. Ni la crisis de medicamentos se resolverá por arte de magia ni el Mundial de Futbol será el bálsamo prometido: México será sede de partidos secundarios mientras la fiesta real estará en Estados Unidos y Canadá. Aun así, los mexicanos, con esperanza terca y ánimo incombustible, resistiremos hasta encontrar un nuevo límite. Les deseo una feliz Navidad; nos leemos en 2026, un año que nos exigirá fuerza y nos brindará varias sorpresas.