El PRI no perdió la Presidencia en el año 2000 por la genialidad de Vicente Fox, sino por la desconexión emocional de un régimen que dejó de convocar. Bajo Ernesto Zedillo, el sistema seguía en pie, con estructura y control, pero la sociedad había dejado de defenderlo con el corazón. El desgaste se expresó en silencio. Cuando la política deja de emocionar, se vacía de sentido. Ese cansancio fue el verdadero preludio de la alternancia. El vacío social también es un mensaje, y suele llegar antes que la derrota electoral.
Hoy el fenómeno reaparece bajo nuevas formas. El oficialismo persiste en una narrativa de guerra para un público que ya no quiere pelear. Ahí están los ejércitos disciplinados y los aplausos pagados, pero dialogan casi exclusivamente entre ellos. Casos que antes habrían incendiado la conversación pública, como el incumplimiento fiscal de Ricardo Salinas Pliego, apenas generan ruido circular. La oposición no capitaliza ese desgaste porque el público ya no quiere conflicto. Durante meses se habló de un supuesto “golpe de Estado blando”; la narrativa se diluyó no por haber sido desmentida, sino por agotamiento. Mientras se advertía una amenaza inexistente, crecía otra mucho más eficaz: la resignación como condición política, el terreno ideal para un autoritarismo blando que no necesita convencer ni reprimir, solo administrar el cansancio.
Claudia Sheinbaum no hereda una épica, sino su lastre. Gobierna un país machista que no la confronta abiertamente, pero le exige más y le concede menos margen. El riesgo no es la polarización, sino la opacidad. Un poder ejercido sobre una sociedad resignada avanza sin fricción ni vigilancia. El mayor reto de Sheinbaum no es convencer, sino reactivar.