Arturo Maximiliano García P./Diputado local, MORENA
El 5 de febrero, durante la conmemoración de la Constitución de 1917, la presidenta Claudia Sheinbaum volvió sobre una palabra que durante años fue tratada con ligereza en el debate público: soberanía. No lo hizo como consigna nostálgica ni como gesto ceremonial, sino como advertencia política en un contexto internacional crecientemente hostil. En un mundo marcado por tensiones geopolíticas, conflictos territoriales y presiones económicas entre potencias, la soberanía ha dejado de ser una noción abstracta para convertirse en una prueba concreta de la capacidad de los Estados para decidir su propio rumbo.
Durante décadas, la globalización prometió diluir las fronteras a favor de una interdependencia virtuosa. Hoy ocurre lo contrario. Las fronteras importan de nuevo, los territorios se disputan, los recursos estratégicos se vigilan y la autonomía política se pone a prueba mediante sanciones, bloqueos, amenazas comerciales o condicionamientos diplomáticos. En ese contexto, hablar de soberanía ya no es un ejercicio retórico: es una toma de posición.
México no es ajeno a este momento. La relación con Estados Unidos —inevitable por geografía, comercio y migración— atraviesa una etapa de redefinición constante. Las presiones sobre política energética, seguridad, comercio y control fronterizo evidencian que la soberanía no se pierde de un día para otro, sino que se erosiona cuando las decisiones internas comienzan a responder más al cálculo externo que al interés nacional. Defenderla no implica romper relaciones ni aislarse del mundo, sino evitar que la cooperación se transforme en subordinación.
Lo que ocurre fuera de nuestras fronteras refuerza esta advertencia. Venezuela muestra cómo las sanciones y la asfixia económica pueden limitar severamente la capacidad de un Estado para decidir su futuro, más allá de los juicios que merezca su régimen político. Cuba ejemplifica cómo el aislamiento prolongado termina condicionando no solo la política exterior, sino la vida cotidiana de millones de personas. Gaza expone, de la forma más cruda, cómo la soberanía se vuelve una noción vacía cuando el control territorial y las decisiones básicas están en manos ajenas, con consecuencias humanitarias devastadoras. Incluso Groenlandia, lejos del conflicto armado, revela otra cara del problema: territorios estratégicos convertidos en piezas geopolíticas por su valor energético y su ubicación, más que por la voluntad de sus habitantes.
Estos casos, distintos entre sí, comparten una lección incómoda: la soberanía no desaparece por decreto, sino por desgaste. Se pierde cuando se normaliza que otros decidan prioridades económicas, rutas comerciales, políticas energéticas o criterios de seguridad. Se debilita cuando la política interna se formula con miedo a represalias externas y no con base en un proyecto propio de nación.
Por eso el mensaje presidencial del 5 de febrero importa. No porque inaugure una postura inédita, sino porque recuerda que la soberanía está inscrita en la Constitución no como adorno histórico, sino como principio operativo del Estado mexicano. La Constitución de 1917 nació precisamente de la experiencia de la intervención extranjera, el despojo de recursos y la imposición de intereses externos. Ignorar ese origen sería olvidar la razón misma de nuestro pacto constitucional.
Defender la soberanía en el siglo XXI no significa negar la interdependencia global ni rechazar la cooperación internacional. Significa negociar desde la dignidad, fortalecer las capacidades internas, diversificar relaciones económicas y sostener una política exterior que responda al interés nacional antes que a las presiones coyunturales. Significa, también, asumir que la soberanía no es solo un asunto de política exterior, sino de desarrollo económico, justicia social y legitimidad democrática.
En tiempos donde el orden internacional se fragmenta y la fuerza vuelve a imponerse sobre las reglas, la soberanía deja de ser una palabra cómoda. Se convierte en una responsabilidad. México haría bien en recordarlo ahora, antes de que otros decidan por nosotros cuándo ya es demasiado tarde.