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24 de febrero 2026

Roberto Mendoza

Andrés Manuel López Obrador repitió durante años que los delincuentes “también tienen derechos humanos” para justificar su política de “abrazos, no balazos”. La tesis era contener, no confrontar; atender supuestas causas, no declarar la guerra. Pero al final de su mandato, con Claudia Sheinbaum ya electa, el mapa criminal comenzó a fracturarse. El núcleo histórico del Cártel de Sinaloa quedó prácticamente desmantelado: Joaquín “El Chapo” Guzmán condenado a cadena perpetua, sus hijos bajo custodia en Estados Unidos e Ismael “El Mayo” Zambada enfrentando proceso judicial. Este domingo cayó el otro vértice del poder criminal: Nemesio Oseguera Cervantes, “El Mencho”, líder del CJNG, organización con presencia internacional, señalada por Donald Trump como terrorista. Una parte de esta pesadilla terminó. La política de contención quedó atrás.

¿Qué significa esto? Que México entró en una fase distinta, más peligrosa. El Estado decidió destruir a los cárteles; ellos respondieron de inmediato. Bloqueos coordinados, carreteras incendiadas, transporte aéreo y terrestre suspendido, estados en alerta máxima. No es un episodio aislado; es el síntoma de una recomposición violenta. Omar García Harfuch, quien sobrevivió a un atentado atribuido al CJNG en 2020, coordinó la ofensiva que terminó con la vida de quien presuntamente ordenó ese ataque. El dato no es menor: hay memoria y consecuencia. Si no es una guerra formal, será una guerra fragmentada. El CJNG puede dividirse en al menos tres facciones; cada ruptura implicará disputas territoriales, más violencia y más caos. El gobierno ha probado que puede descabezar estructuras criminales; ahora tendrá que demostrar que puede contener la tormenta que sigue.

Consolidación o colapso: dos opciones para Claudia Sheinbaum. No hay zona intermedia. Debe ejercer el poder sin titubeos y sin ceder soberanía frente a la presión externa. Coordinar fuerzas, blindar estados, garantizar movilidad, estabilidad económica y certidumbre política en un calendario cerrado: antes del Mundial. México necesita orden, no discursos. Necesita acuerdos con gobernadores, con la oposición y con aliados internacionales. Se requerirá firmeza, pero también inteligencia política para evitar que la violencia erosione la legitimidad democrática. Es un desafío monumental. Si logra estabilizar el país tras el golpe, será recordada como la presidenta que cerró una etapa de contención y asumió el costo de gobernar. Si no lo hace, la historia será implacable. México está en un punto de quiebre. Hay poco tiempo. El resultado final se verá pronto… en 2027.

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