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10 de marzo 2026

¿Qué es el pueblo? La teoría política lleva siglos intentando definirlo. Para los clásicos era una comunidad organizada por leyes e intereses comunes; para Maquiavelo, un actor social frente a las élites; para la Ilustración, el depositario de la soberanía; para las revoluciones del siglo XX, una clase llamada a transformar el orden político. La ciencia política moderna lo entiende como opinión pública y electorado, mientras teorías recientes lo describen como una identidad política construida en el discurso. El Gobierno mexicano actual mezcla estas tradiciones: invoca al pueblo soberano, pero divide al país entre pueblo y “conservadores”, una visión anclada en conceptos viejos que muchos aceptan sin demasiada reflexión.

La presidenta Claudia Sheinbaum ha dicho que su reforma electoral responde a una exigencia del pueblo. Veamos entonces qué dijo el pueblo en las urnas. El padrón electoral rondaba en 2024 los 100 millones de ciudadanos. Sheinbaum obtuvo alrededor de 35.9 millones de votos; la oposición sumó cerca de 23 millones y aproximadamente 39 millones de mexicanos simplemente no votaron. Nadie puede negar que fue una victoria clara y plena dentro de las reglas democráticas. Pero tampoco puede sostenerse seriamente que el pueblo entero respalde cada decisión de su Gobierno. El apoyo electoral fue suficiente para otorgarle legitimidad democrática y gobernar en nombre del pueblo, pero no necesariamente es que todo el pueblo mandató una reforma electoral.

La pregunta entonces es ¿para qué cambiar las reglas? La lógica parece clara: apostar a elecciones con menor participación, donde el clientelismo y la capacidad financiera del partido de Estado pesen más que la competencia política. Si además se debilitan las instituciones que arbitran e impugnan los resultados, el sistema termina favoreciendo a quien controla el Gobierno. En ese escenario, la oposición se pulveriza y el voto que no respalda al régimen pierde valor político. México ya recorrió ese camino. Lo vivimos durante siete décadas y costó generaciones desmontarlo. Sería una ironía histórica que, en nombre del pueblo, el país terminara reconstruyendo aquello de lo que tanto trabajo, dolor y sacrificio le costó derrotar: un nuevo partido de Estado.

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