Hace apenas diez años, hablar de criterios ambientales, sociales y de gobernanza en una junta directiva provocaba, en el mejor de los casos, miradas de cortesía. Hoy, ignorarlos puede costar el acceso al capital. El cambio ha sido silencioso, pero brutal.
El dato que lo confirma: 35,3 billones de dólares —casi el 36% de todos los activos gestionados en los mercados principales— ya incorporan filtros ESG. No es un nicho de idealistas. Es el mercado hablando en cifras concretas. Cuando Larry Fink advierte que el cambio climático constituye un riesgo sistémico, no está dando un sermón moral; está leyendo el mismo prospecto de riesgos que cualquier inversor pragmático debería revisar.
Lo curioso es que esta presión viene de múltiples frentes simultáneos. Los consumidores —especialmente quienes hoy tienen entre 25 y 35 años— prefieren marcas con propósito declarado, sí, pero también las autoridades otorgan licitaciones más rápido a empresas con compromisos verificables. Es eficiencia pura: menos trámites, más operación. Mientras tanto, quienes optimizan recursos desde hoy se blindan contra la volatilidad energética que ya no parece coyuntural, sino estructural.
El verdadero cambio, sin embargo, ocurre en cómo se mide el valor. Una empresa con buena gobernanza no es «más ética» en abstracto; simplemente tiene menos probabilidades de enfrentar litigios costosos o sorpresas regulatorias. La retención de talento en sectores competitivos ya no depende solo del salario, sino de si el empleado puede explicarle a su círculo cercano por qué trabaja ahí. Son detalles que no aparecen en el estado de resultados trimestral, pero condicionan las cifras del próximo.
Los bonos verdes y los préstamos vinculados a sostenibilidad —con sus tasas preferenciales— no son subsidios. Son el mercado ajustando precios al riesgo real. Las calificadoras ya auditan cientos de variables; una nota alta significa entrada automática a índices que gestionan fondos masivos pasivos. La opacidad, en este escenario, se ha vuelto demasiado cara.
Lo que queda por verse es si las empresas adaptarán sus operaciones genuinamente o recurrirán al greenwashing de siempre. La diferencia esta vez es que la tecnología permite verificar: imágenes satelitales, análisis de redes sociales, trazabilidad en tiempo real. Maquillar el informe anual ya no basta.
El ESG no es, pues una carga administrativa ni un gesto de buena voluntad. Es el nuevo lenguaje básico del financiamiento corporativo. Quien no lo domine, simplemente no competirá.
*Director de programa Contaduría Pública y Finanzas del Tecnológico de Monterrey Campus Querétaro.