En la Ciudad de México y en muchas ciudades del país se ha vuelto un mantra “acercar la cultura” mediante conciertos masivos, festivales en plazas públicas y temporadas gratuitas. La oferta es valiosa, pero si medimos la democratización cultural por cuántos eventos gratis hay, nos quedamos cortos frente a lo que implica la democracia cultural en el México de hoy.
La cultura mexicana no empieza en Bellas Artes ni termina en un festival en el Zócalo: vive en el tianguis, la fiesta patronal, las bandas comunitarias, las radios indígenas, los murales, el rap en lenguas originarias y la defensa del territorio. Cuando estas prácticas no figuran en la cartelera oficial, el mensaje es claro: lo “cultural” es lo que cabe en un escenario institucional.
En años recientes, las políticas culturales han combinado grandes eventos con iniciativas comunitarias: casas de cultura, bibliotecas y apoyos locales. Ahí aparece una posibilidad distinta: cuando la comunidad decide qué celebrar, cómo usar recursos y quién narra su historia.
La cuestión de fondo es quién decide. Mientras el financiamiento, patrimonio o digitalización se definan desde pocos espacios, solo se ampliará el acceso, no el rumbo cultural. Democratizar no es regalar boletos: es reconocer procesos vivos y abrir decisiones, presupuestos y micrófonos.
Así, pensar la cultura más allá de eventos gratis implica cambiar la pregunta: no qué traer, sino qué ya existe y cómo fortalecerlo, para que las propias comunidades definan su cultura y cómo cuidarla, enseñarla y transformarla.
La cultura no es un conjunto de obras de arte,
sino el escenario donde las comunidades luchan por el sentido de su vida. (García Canclini)
*Profesora de la Escuela de Humanidades y Educación del Tecnológico de Monterrey Campus Querétaro, con especialidad en arte y literatura latinoamericana.