Las grandes gestas viven en la historia porque nadie creía que pudieran realizarse. La toma de un reino a través del Caballo de Troya o la victoria de David ante Goliat eran hechos improbables, pero sucedieron (en este espacio no vamos a probar lo de Goliat. Recuerden que esto es una columna deportiva).
Desde el pasado miércoles no paro de escuchar ¿Y SI SÍ?, y yo, que no tenía una sola expectativa de mi selección en este mundial, comienzo a ilusionarme.
Alemania y Países Bajos fueron eliminados por selecciones en el papel más pequeñas. Marruecos pasó de ser Sherezada a un gran Sultán.
Y si otros pudieron ¿Por qué México no?
Hace un año no teníamos en el radar que Gilberto Mora, Brian Gutiérrez, Obed Vargas y Mateo Chávez pudieran tomar protagonismo y ser el soporte que requieren Raúl Jiménez, Julián Quiñonez, César Montes y Johan Vázquez para liderar una rebelión futbolística.
Hay materia prima, hay un escenario listo, pero sobre todo, están puestas las condiciones para escribir una gesta histórica: Mientras el mundo está esperando que Messi termine de proclamarse el mejor de la historia, o que CR7 compruebe que importa más el trabajo que el talento, o que Mbappe le grite al mundo que su momento ha llegado, mientras todos esperan esto, una ola verde viene creciendo y quiere generar un tsunami.