Steven Speilberg es, sin duda, uno de los directores más reconocidos y venerados de la industria. Su visión se ha instalado en la cultura popular de tal forma que, hoy en día, ya vemos con mucha naturalidad dinosaurios mecánicos y los niños de hoy hablan de ellos cual si fueran sus mascotas imaginarias. Los tiburones son esos depredadores temibles, gracias a una de sus mejores películas, Jaws (1975). También nos ha hablado de vida extraterrestre con otra de sus grandes obras, Close Encounters of the Third Kind (1977) y con la famosísima E.T. (1982). Siguiendo con los alienígenas, rescató una obra de culto, a manera de homenaje, con War of the Worlds (2005). Eso, sin nombrar sus proyectos más sobrios como Schindler’s List (1993), Saving Private Ryan (1998) o Munich (2005). Ahora regresa a contarnos una historia que siente anacrónica, desgastada y sin esa chispa de genialidad a la que nos tiene acostumbrados.
El contexto nos sitúa al borde de una tercera guerra mundial y un joven (Josh O’Connor) ha robado material sensible sobre vida y tecnología extraterrestre que pretende divulgar al mundo. Por otro lado, en Kansas City, una reportera del clima (la siempre encantadora Emily Blunt) comienza a tener una serie de transformaciones inexplicables: comienza a hablar en otros idiomas, sabe la historia de cualquier persona solamente con mirarla, anticipa ciertos hechos, en fin, no sabe lo que le pasa.
En medio está el clásico agente despiadado (Colin Firth) y una organización clandestina que ayuda a los dos personajes principales. Sin entrar en detalles, Spielberg plantea una crítica muy velada a su gobierno y un final muy esperanzador, pero con una historia llena de huecos y tan rebuscada, que llega a cansar. Definitivamente no es, por mucho, de sus mejores trabajos, pero hay que aplaudirle que siga llevando a la pantalla esas ficciones arriesgadas. Todavía en cartelera.