La frase “¿y si sí?” ha dejado de ser un simple eslogan para convertirse en un grito de optimismo oficial. Actores políticos y la propia Iglesia Católica la han elevado a categoría de consigna nacional, invitando a aplicarla tanto al Mundial de Futbol como a los grandes pendientes del país: inseguridad, economía, corrupción y la renegociación del T-MEC. El gesto tiene lógica emocional, pero también exige examen, todo en su justa medida.
LO BUENO
El valor principal reside en su capacidad para contrarrestar el fatalismo que durante años ha paralizado a amplios sectores de la sociedad mexicana. En un contexto de fatiga acumulada, recordar que el “sí” es una posibilidad legítima que funciona como pequeño antídoto contra la resignación automática. Su extensión al ámbito deportivo es, además, inteligente: el futbol sigue siendo uno de los pocos espacios donde millones de mexicanos aún nos permitimos ilusionarnos juntos sin ironía previa; pese a que el sueño mundialista nos despertó con la derrota ante Inglaterra.
LO MALO
El problema comienza
cuando el optimismo se convierte en método de gobierno. Reducir retos estructurales (como la violencia que no cede, la productividad estancada o la corrupción sistémica) a una actitud mental equivale a trasladar la responsabilidad del Estado a la psicología colectiva. Los políticos que hoy corean “¿y si sí?” suelen ser los mismos que, en el ejercicio del poder, han demostrado escasa disposición a pagar los costos políticos que implica atacar realmente esos problemas.
Finalmente, la política es experta en apropiarse de simbolismos.
LO PEOR
Lo más grave es el efecto anestésico que genera. Al presentar los obstáculos como simples desafíos de actitud
(“¿y si sí?”), se desactiva la exigencia ciudadana de resultados concretos y medibles. La inseguridad no se resuelve con resiliencia emocional; la revisión del T-MEC no depende de la fe colectiva, sino de capacidad técnica y de negociación dura. Cuando el mantra fracase (como ocurrió con el tri ante Inglaterra), la decepción será mayor porque se habrá vendido como “posible” lo que en realidad requería decisiones difíciles y costos políticos reales. En ese momento, “¿y si sí?” dejará de ser esperanza para convertirse en la coartada perfecta de quienes prefieren gestionar ilusiones antes que resolver problemas.