La decisión de la presidenta Claudia Sheinbaum de finalmente asistir a la final de la Copa Mundial de la FIFA en Estados Unidos, tras una postura inicial de ausencia deliberada en el torneo, expone tensiones entre principios declarados y praxis política. Su negativa previa a participar en el partido inaugural en la Ciudad de México, a pesar de celebrarse en territorio nacional, y su ausencia en los partidos de la Selección Mexicana, bajo el argumento de “preferir ver los partidos con la gente”, generó interpretaciones encontradas, quizás hasta innecesarias.
LO BUENO
La postura inicial de no asistir reflejó un intento coherente de despolitizar el deporte y evitar convertir la presencia presidencial en un acto protocolario vacío. Al rechazar el partido inaugural y justificar su ausencia en los encuentros de la Selección con la preferencia por compartir la experiencia con la afición, Sheinbaum alineó su conducta con una narrativa de cercanía popular que ha caracterizado su gestión. En un contexto de polarización, esa opción buscaba preservar el futbol como espacio de encuentro ciudadano más que de confrontación partidista, lo cual, en principio, tiene valor simbólico.
LO MALO
La incongruencia entre la línea declarada y la asistencia a la final en territorio estadounidense erosiona la credibilidad de los argumentos iniciales. Si el criterio era evitar la politización y privilegiar la cercanía con la gente, resulta difícil explicar por qué ese mismo principio no se aplicó al partido más relevante del torneo. La percepción de que la ausencia temprana respondía, al menos en parte, al temor de abucheos o confrontaciones, como señalaron sus opositores, convierte la asistencia final en un gesto selectivo que siembra dudas sobre la consistencia del criterio. Una posición firme, mantenida hasta el final, habría sido más sólida que un cambio de rumbo en el momento culminante.
LO PEOR
El peor aspecto radica en el contexto bilateral en el que se produce la asistencia. Con las relaciones México-Estados Unidos ya tensas por diferendos comerciales, migratorios y de seguridad, y en medio de investigaciones estadounidenses sobre presuntos vínculos de perfiles cercanos a la 4T con actividades ilícitas, la presencia de la presidenta en un evento de alto perfil en suelo estadounidense adquiere un significado diplomático indeseado. Puede interpretarse como un gesto de acercamiento oportunista o, peor aún, como una señal de que los principios de no politización se subordinan a la necesidad de proyectar normalidad en un momento delicado. Esa lectura debilita la postura de soberanía que la 4T ha defendido hasta cansarse, y genera la impresión de que la coherencia institucional se pliega a consideraciones de imagen o cálculo político de corto plazo, esto, en detrimento de la credibilidad del país ante su principal socio comercial y de seguridad.