En aquel tiempo, se acercaron a Jesús Santiago y Juan, los hijos de Zebedeo, y le dijeron: «Maestro, queremos que nos concedas lo que vamos a pedirte». Él les dijo: «¿Qué es lo que desean?». Le respondieron: «Concede que nos sentemos uno a tu derecha y otro a tu izquierda cuando estés en tu gloria». Jesús les replico: «No saben lo que piden. ¿Podrán pasar la prueba que yo voy a pasar y recibir el bautismo con que seré bautizado?». Le respondieron: «Sí podemos». Y Jesús les dijo: «Ciertamente pasarán la prueba que yo voy a pasar y recibirán el bautismo con que yo seré bautizado, pero eso de sentarse a mi derecha o a mi izquierda no me toca a mí concederlo; eso es para quienes está reservado».
Cuando los otros diez apóstoles oyeron esto, se indignaron contra Santiago y Juan. Jesús reunió, entonces, a los Doce y les dijo: «Ya ven que los jefes de las naciones las gobiernan como si fueran sus dueños y los poderosos las oprimen, pero no debe ser así entre ustedes. Al contrario: el que quiera ser grande entre ustedes que sea su servidor y el que quiera ser el primero que sea el esclavo de todos, así como el Hijo del hombre, que no ha venido a que lo sirvan, sino a servir y a dar su vida por la redención de todos».
Reflexión
La autoridad en la Iglesia
Por Padre Nicolás Schwizer
«El que quiera ser grande entre vosotros sea vuestro servidor y el que quiera ser el primero sea esclavo de todos».
He aquí un texto que los enemigos de la Iglesia recuerdan y comentan apasionadamente. Cristo no exaltó, nunca, al superior ni al sacerdote, ni al jefe. Para él, lo que hace ser discípulo suyo no es la autoridad ni la ciencia ni el poder, sino el servicio. Rechazó expresamente, como una tentación de Satanás, el dominio y el poder absolutos sobre los pueblos.
Pero todos sentimos la tentación de recurrir a esos medios de gobierno porque nos parecen mucho más eficaces, para conducir a los hombres, que la persuasión, la libertad y el amor. Santiago y Juan deseaban ejercer un apostolado desde un trono y Jesús les reveló que lo ejercerían desde la cruz.
La Iglesia tiene que convertir a los hombres por medio de la manifestación del espíritu de Dios y sus inventos desconcertantes y estos están expresados en las bienaventuranzas de los pobres, de los misericordiosos y de los perseguidos, pero nosotros nos sentimos espontáneamente más a gusto sometiéndolos por medio de una organización que les dispense de escuchar al Espíritu y les obligue a obedecer a los jefes.
Cristo es el jefe y maestro por excelencia. Para saber cómo tiene que ejercitarse la autoridad en la iglesia, no hay más que ver cómo usaba él sus poderes. Para él, su reino era una sociedad radicalmente distinta de los estados y de las naciones. No se impuso a los hombres por necesidad de naturaleza, sino por opción de conciencia. Su invitación típica apela a la libertad: «Si quieres ser mi discípulo, si quieres ser perfecto, ¡feliz serás si obras de este modo!», la autoridad cristiana tiene que proceder por el convencimiento, instruyendo, iluminando, persuadiendo.
Pero estos ejemplos y estas instrucciones de Jesús estaban francamente en contradicción con las ambiciones naturales de sus discípulos y no podían triunfar sin resistencia por parte de estos. El paso tan ingenuo de Santiago y de Juan se ha repetido indefinidamente en la historia de la Iglesia. Poco a poco, se ha ido mudando la noción de servicio mientras que se concedía especial atención a los títulos, a las pompas y a los honores.
Sin embargo, lo más extraordinario que hay en la Iglesia es que su fidelidad al Evangelio le obliga a juzgarse y a reformarse sin cesar. El Concilio Vaticano II ha recordado las exigencias evangélicas de servicio y las ha confrontado con la noción y el funcionamiento de la autoridad eclesiástica.