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8 de diciembre 2024

Lucas: 3, 1-6

En el año 15o del reinado del César Tiberio, siendo Poncio Pilato procurador de Judea; Herodes, tetrarca de Galilea; su hermano Filipo, tetrarca de las regiones de Iturea y Traconítide, y Lisanias, tetrarca de Abilene; bajo el pontificado de los sumos sacerdotes Anás y Caifás, vino la palabra de Dios en el desierto sobre Juan, hijo de Zacarías.

Entonces, comenzó a recorrer toda la comarca del Jordán, predicando un bautismo de penitencia para el perdón de los pecados, como está escrito en el libro de las predicciones del profeta Isaías:

Ha resonado una voz en el desierto: preparen el camino del Señor, hagan rectos sus senderos. Todo valle será rellenado, toda montaña y colina, rebajada; lo tortuoso se hará derecho, los caminos ásperos serán allanados y todos los hombres verán la salvación de Dios. Palabra del Señor. Gloria a ti, Señor Jesús.

 

Reflexión 

Conversión

Padre Nicolás Schwizer 

Queridos hermanos, la proximidad del Señor nos pone frente a la necesidad de la conversión. Conversión es la condición básica de una religión sincera, el punto de partida de cualquier renovación religiosa, la mejor preparación para la alegría de Navidad.

Siempre que el mundo se ha renovado, la fuente ha sido la misma: la conversión. Cuando Juan Bautista vino a preparar a su pueblo para que reconociese, amase y se alegrase con Cristo, exhortó: «¡Convertíos porque está cerca el reino de los cielos!». Y esta también fue la primera predicación de Jesús: «Ha llegado el tiempo, el reino de Dios está cerca; arrepentíos». Y, cuando los apóstoles, después de Pentecostés, predicaron por primera vez, dieron el mismo consejo que su Maestro: «Arrepentíos y pedid perdón por vuestros pecados».

No hay religión sincera sin conversión. Con el que cree que posee una religión, con el que se cree establecido, instalado en ella, con el que cree que tiene definitivamente razón, con ese, no hay nada que hacer, estamos perdiendo el tiempo como Jesús con los fariseos.

Muchas veces, esta llamada a la conversión nos disgusta y nos molesta. Esta palabra, en gran medida, ha desaparecido de nuestro vocabulario como algo que no nos preocupa. El verdadero motivo de ello es que no tenemos conciencia de ser grandes pecadores.

Quizá, tenemos la impresión de que, en nuestra vida religiosa, es Dios, en el fondo, el que tienen la culpa de las cosas. Nosotros somos abiertos, somos hombres de buena voluntad, no deseamos más que verlo y rezarle, conocerle y servirle. Es Él el que se esconde, es Él el que se encierra en un silencio incomprensible.

Él no es como debería ser. Entre Dios y nosotros, se ha abierto un abismo. A veces, estamos descontentos con Dios porque nos deja sufrir aquel fracaso, nos envía aquella prueba, aquella pérdida o nunca llegamos a comprender por qué no escucha aquella oración que hacemos con tanto fervor. Más y más, se han aumentado esos malentendidos y acabaron por formar ese muro que nos separa de Dios. Todavía lo saludamos, le rezamos, somos cristianos, no nos gusta faltar a misa, pero ya no hay confianza, ya no hay amor, ya no hay alegría.

Dios desilusiona nuestras expectativas para abrirnos a sus esperanzas. Él nos niega la realización de nuestros planes apocados y angustiosos solamente por eso, para invitarnos a ser aventureros mucho más audaces de lo que nos hubiéramos atrevido a soñar.

¡Tenemos que esperar todo de nuevo cada día! Nada hay que Dios no sea capaz de hacer y Él quiere que vivamos de esa seguridad!

Cada año, Juan el Bautista trata de despertarnos; cada año, nuestra Madre celestial nos recuerda que Dios se inclina a la pequeñez de su servidora. Cada mañana, Dios es nacido nuevamente para nosotros y está esperando sin fin hasta que lleguemos a creerlo. Él espera, aún, en nosotros mientras, muchas veces, nosotros ya no esperamos nada de Él.

La mejor preparación para la Navidad, nuestra mayor apertura al gozo de Navidad sería, entonces, ponernos de rodillas, golpearnos el pecho y confesar que es Dios el que ama, que es Dios el que sabe amar, que es Dios el que tienen razón. Si hay algo que no marcha, no es Él, sino nosotros los responsables. Él ha hecho todo lo posible. Él ha llegado hasta el límite para llegar a nosotros, para tocarnos, para llamarnos, para dejarse ver. La Navidad, la venida de Dios en carne humana, la Encarnación, así es la gestión más audaz y más amorosa de Dios para entregársenos.

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