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26 de enero 2025

Lucas 1, 1-4; 4, 14-21

Muchos han tratado de escribir la historia de las cosas que pasaron entre nosotros tal y como nos las trasmitieron los que las vieron desde el principio y que ayudaron en la predicación.

Yo también, ilustre Teófilo, después de haberme informado minuciosamente de todo desde sus principios, pensé escribírtelo por orden para que veas la verdad de lo que se te ha enseñado. (Después de que Jesús fue tentado por el demonio en el desierto) Impulsado por el Espíritu, volvió a Galilea. Iba enseñando en las sinagogas, todos lo alababan y su fama se extendió por toda la región. Fue también a Nazaret, donde se había criado. Entró en la sinagoga, como era su costumbre hacerlo los sábados, y se levantó para hacer la lectura. Se le dio el volumen del profeta Isaías, lo desenrolló y encontró el pasaje en que estaba escrito: «El espíritu del Señor está sobre mí porque me ha ungido para llevar a los pobres la buena nueva, para anunciar la liberación a los cautivos y la curación a los ciegos, para dar libertad a los oprimidos y proclamar el año de gracia del Señor». Enrolló el volumen, lo devolvió al encargado y se sentó. Los ojos de todos los asistentes a la sinagoga estaban fijos en él. Entonces comenzó a hablar, diciendo: “Hoy mismo, se ha cumplido este pasaje de la Escritura que acaban de oír”. Palabra del Señor.

 

Reflexión

El Espíritu Santo en Jesucristo y nosotros

Padre Nicolás Schwizer

Instituto de los Padres de Schoenstatt

El evangelio de hoy nos habla del comienzo de la predicación de Jesús en Galilea y, sobre todo, en su ciudad natal, Nazaret, y, a la vez, nos revela el secreto de su fuerza y de su poder cuando dice: Jesús volvió a Galilea en la fuerza del Espíritu. Todo lo que hace lo hace en la fuerza del Espíritu Divino.

Ya en el Bautismo del Señor, el Espíritu Santo desciende del cielo en forma de paloma y permanece sobre Jesús. Así, el Bautismo de Jesús es la revelación y la manifestación de que el Espíritu Divino conduce y acompaña a Jesús durante toda su vida, pero especialmente en los tres años de su vida pública, que comienza precisamente con su bautismo.

La conducción del Espíritu Santo en su vida pública se muestra ya inmediatamente después del Bautismo, como nos indica el Evangelio: «Luego, Jesús fue conducido por el Espíritu al desierto para ser tentado por el diablo» (Mt 4,11). Es el acontecimiento que precede justo al Evangelio de hoy y, después de esos 40 días, el Espíritu Santo lo lleva de vuelta a Galilea.

En su fuerza, comienza a predicar la Buena Nueva, cura a los enfermos y trata de ganar a sus contemporáneos para el reino del Padre.

Es lo que Él mismo reconoce y anuncia en el evangelio de hoy: «El Espíritu del Señor está sobre mí porque Él me ha ungido». Jesús mismo es el Mesías anunciado por los profetas y, como Mesías, es el portador del Espíritu Santo, un hombre lleno e impregnado del espíritu en grado sumo. Por todo su ser y actuar, manifiesta la presencia singular del Espíritu de Dios en su interior.

Pero no solo Cristo, sino también todos nosotros somos portadores del mismo Espíritu Santo. Desde nuestro Bautismo y especialmente desde nuestra confirmación, Él habita y actúa en cada uno de nosotros. «¿No sabéis que sois templo de Dios y que el Espíritu de Dios habita en vosotros?», nos explica San Pablo en la primera carta a los corintios. Mi alma y toda mi persona es consagrada al Espíritu y habitada por Él.

Un famoso cardenal francés dijo en cierta ocasión: «El hombre común consiste en cuerpo y alma, pero el cristiano consiste en cuerpo, alma y Espíritu Santo». Y el mismo cardenal nos aclara: «El Espíritu Santo es el alma de mi alma».

Es Él quien anima, ilumina y vivifica nuestra alma, quien nos forma y transforma interiormente. Es Él quien nos abre y dispone para que Dios pueda hacer su obra salvadora en nosotros. Por eso, el Espíritu Santo es el gran Educador nuestro y el de todos los hijos de Dios.

La Iglesia, en el Concilio de Trento, ha definido que, sin la inspiración del Espíritu Santo y sin su ayuda, nadie puede hacer una verdadera oración, una confesión sincera, un acto de caridad auténtico.

Por eso, desde nuestro Bautismo, no hemos hecho ni un solo acto desinteresado, ni un solo sacrificio, ni una sola confesión o comunión auténtica, ni una sola oración real sin que el Espíritu Divino nos haya inspirado y movido a hacerlo.

No hemos experimentado ni un impulso de caridad, de amistad o de fraternidad sincera que no haya sido su obra en nosotros. Es también Él quien nos ha sugerido que viniéramos hoy a esta Eucaristía: es un milagro del Espíritu Santo que estemos ahora aquí reunidos.

Así, el Espíritu de Dios nos hace comprender y gustar las cosas de Dios, las acciones de Dios, la palabra de Dios.

Y aquellos a quienes la presencia y la acción del Espíritu Santo no los ha tocado ni conmovido ni transformado ya no tienen salvación porque el cielo no dispone ya de más recursos.

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