En aquel tiempo, Jesús estaba a orillas del lago de Genesaret y la gente se agolpaba en torno suyo para oír la palabra de Dios. Jesús vio dos barcas que estaban junto a la orilla. Los pescadores habían desembarcado y estaban lavando las redes.
Subió Jesús a una de las barcas, la de Simón, le pidió que la alejara un poco de tierra y, sentado en la barca, enseñaba a la multitud. Cuando acabó de hablar, dijo a Simón: “Lleva la barca mar adentro y echen sus redes para pescar”. Simón replicó: “Maestro, hemos trabajado toda la noche y no hemos pescado nada; pero, confiado en tu palabra, echaré las redes”. Así lo hizo y cogieron tal cantidad de pescados que las redes se rompían. Entonces, hicieron señas a sus compañeros que estaban en la otra barca para que vinieran a ayudarlos. Vinieron ellos y llenaron tanto las dos barcas que casi se hundían.
Al ver esto, Simón Pedro se arrojó a los pies de Jesús y le dijo: “¡Apártate de mí, Señor, porque soy un pecador!”, porque tanto él como sus compañeros estaban llenos de asombro al ver la pesca que habían conseguido. Lo mismo les pasaba a Santiago y a Juan, hijos de Zebedeo, que eran compañeros de Simón.
Entonces, Jesús le dijo a Simón: “No temas; desde ahora, serás pescador de hombres”. Luego, llevaron las barcas a tierra y, dejándolo todo, lo siguieron.
Reflexión
Apóstol, instrumento de otro
Padre Nicolás Schwizer
Instituto de los Padres de Schoenstatt
Es imposible ver a Dios y seguir viviendo, repite con frecuencia el Antiguo Testamento. No se puede ver a Dios, conocer a Dios y seguir viviendo como uno ha vivido hasta entonces. Dios no puede entrar en nuestra existencia sin transformarla por completo.
Pedro lo supo desde su primer encuentro con Jesús. Testimonio de ello son su confusión, su miedo y su humillación en estos momentos de su vocación apostólica.
Antes de encontrarse con Jesús, Pedro tenía una buena opinión de sí mismo, confiaba en sus recursos y se afirmaba naturalmente como jefe, pero el paso de Jesús le arrebató su amor propio. Desde que conoció al Señor, se conoció a sí mismo: supo que no era nada y que estaba destinado a enfrentar continuamente su insignificancia personal con la gloría y el poder de Dios.
Jesús lo preparó para la dignidad de jefe supremo de la Iglesia mediante la revelación de su incapacidad, su impotencia y su debilidad. Él, tan impetuoso para asumir la responsabilidad y tomar la palabra primero, le suplica al Señor que se aparte de él, se reconoce indigno, se vacía de toda suficiencia y presunción.
Es verdad que más adelante necesitaría, todavía, otras experiencias dolorosas, otros fracasos y caídas, antes de aprender, a fondo, aquella lección, pero ser apóstol no puede compaginarse con el orgullo. Por medio de derrotas y vergüenzas tendría que aprender la humildad, tendría que vaciarse completamente de sí mismo para poder ser instrumento de otro.
Todo empezó a la orilla del lago, una mañana que el Señor le pidió prestada la barca cuando sus oyentes se apretujaban deseosos de oírle y, mientras Jesús hablaba, Pedro lo escuchaba con interés y con aprobación. Notaba el efecto que las palabras de Jesús producían en los oyentes. Jesús hablaba bien, mucho mejor que todos los demás a los que había oído en la sinagoga o en otros lugares, pero los sermones no eran asunto de Pedro. Su oficio era pescar y él pescaba bien.
Por eso, cuando dejó de hablar, Jesús se acercó a Pedro y le dijo: “Pedro, ahora, vamos a pescar”. Pedro se quedó sorprendido. El Señor le había tocado precisamente su punto flaco. “Es inútil”, respondió, “nosotros hemos estado trabajando toda la noche sin pescar nada. Conozco bien el lago. Hoy, no hay nada que hacer”.
“Vamos de todos modos”, dijo Jesús y el milagro se produjo y, entonces, Pedro se quedó totalmente confundido. Allí, en su terreno, en un asunto de su competencia, Jesús le había derribado. Le había hecho ver que él también tenía necesidad del Señor, que él no era nada sin el Señor, ni siquiera en esas cosas que él creía saber tan bien.
A Pedro, no lo convirtió un sermón, lo convirtió una pesca. Jesús lo acorraló en su último reducto, lo vació de su última satisfacción de sí mismo, le hizo confesar su inconsistencia total delante de Él: “Señor, apártate de mí, que soy un pecador”.
Así es como empieza toda verdadera vocación de apóstol. En ciertos momentos, nos damos cuenta de que tenemos que ceder, en nosotros, el lugar a otro, tenemos que rezar, tenemos que recibir ayuda, necesitamos que se nos eche una mano.
Ser apóstol es ser enviado, es ser instrumento de otro. Ser apóstol es vaciarse de sí mismo, de su orgullo, de su autosuficiencia. Es ponerse, con toda humildad, en manos de otro más grande; es confiar y entregarse a Él.