En aquel tiempo, dijo Jesús, a los discípulos, una parábola: «¿Acaso puede un ciego guiar a otro ciego? ¿No caerán los dos en el hoyo?
No está el discípulo sobre su maestro, si bien, cuando termine su aprendizaje, será como su maestro.
¿Por qué te fijas en la paja que tiene tu hermano en el ojo y no reparas en la viga que llevas en el tuyo? ¿Cómo puedes decirle a tu hermano: ‘Hermano, déjame que te saque la paja del ojo’, sin fijarte en la viga que llevas en el tuyo? ¡Hipócrita! Sácate primero la viga de tu ojo y, entonces, verás claro para sacar la mota del ojo de tu hermano.
Pues no hay árbol bueno que dé fruto malo, ni árbol malo que dé fruto bueno; por ello, cada árbol se conoce por su fruto, porque no se recogen higos de las zarzas ni se vendimian racimos de los espinos.
El hombre bueno, de la bondad que atesora en su corazón, saca el bien y el que es malo, de la maldad, saca el mal porque, de lo que rebosa el corazón, habla la boca».
Reflexión
El árbol y sus frutos
Padre Nicolás Schwizer
El Evangelio de hoy está compuesto por distintas comparaciones, imágenes y sentencias de Jesús. Cada una daría para reflexionar sobre ella. Quiero detenerme un rato en la última comparación, la del árbol y sus frutos.
Mediante esta imagen, el Evangelio nos da, hoy, un criterio de discernimiento, una lección de prudencia sobrenatural. Para juzgar a un hombre, un movimiento, una doctrina, no debemos dejarnos llevar por sus apariencias o sus declaraciones. No debemos fijarnos en sus palabras, sino que hemos de mirar sus obras y sus realizaciones. «Cada árbol se conoce por sus frutos», nos recuerda Jesús.
Es por eso que no nos convencemos demasiado de prisa. Nos gusta conocer las frutas, observar la eficacia, fijarnos en los hechos y en los resultados. El padre José Kentenich, fundador del Movimiento de Schoenstatt, diría: «¡Queremos observar la resultante creadora!».
Pero más provechoso todavía nos resulta, utilizar este criterio no solamente en lo que se refiere a las demás, sino emplearlo también con nosotros mismos. Así, sabremos si somos realmente auténticos cristianos o no.
También nosotros somos como los árboles y la pregunta es si producimos frutos útiles, sabrosos, provechosos para Dios y para los demás. ¿Los hermanos vienen a confortarse y alimentarse de nosotros? ¿Se dirigen a nosotros cuando necesitan un consejo, una ayuda, un servicio?
Y, allí, cabe esa otra palabra de Jesús, tan clara y contundente: «No el que dice ´Señor, Señor´ entrará en el Reino de los Cielos, sino el que cumple la voluntad de mi Padre» (Mt 7,21).
Hoy, hemos venido a esta Eucaristía y decimos: «¡Señor, Señor!». Pero esto no basta si no consigue cambiar nuestra vida de cada día, si no nos lleva a cumplir la voluntad del Padre y la voluntad del Padre nos exige justicia para con los que dependen de nosotros, amor para con los que nos rodean, ayuda para con los que la necesitan.
¿Para qué reunirnos aquí todas las semanas para cumplir unos cuantos ritos y oraciones si, al salir, no ha cambiado nada en nuestro corazón, en nuestra conducta, en nuestras costumbres? ¿Para qué participar en esta Misa dominical si, al salir, no nos amamos más que antes, si no nos reconciliamos con los hermanos alejados?
Es el peligro de toda religión: realizar gestos y ritos sin cambiar el comportamiento de cada día. No nos servirá de nada, apoyarnos en nuestras Misas dominicales cuando llegue el día del juicio: solo entrarán, al Reino celestial, los que cumplen la voluntad del Padre.
O nuestras confesiones. Nuestras confesiones no nos sirven para nada si no nos enseñan a perdonar, también nosotros, a cuantos nos han ofendido. Solo hay una cosa que Dios no puede perdonarnos: que no perdonemos nosotros mismos a los demás. No hemos recibido el perdón de veras si no lo hemos transmitido a los otros. No hemos conocido el amor de Dios si no amamos a nuestros hermanos.
Cristo ha querido una religión en espíritu y en verdad, no una religión de frases y fingimientos. Los frutos que demos, han de ser testigos de la vida divina que mora en nosotros. Nuestra conducta debe responder de nuestra fe. Nuestro amor a los hombres debe probar nuestro amor a Dios.