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16 de marzo 2025

Lucas 9, 28b-36

En aquel tiempo, Jesús se hizo acompañar de Pedro, Santiago y Juan y subió a un monte para hacer oración. Mientras oraba, su rostro cambió de aspecto y sus vestiduras se hicieron blancas y relampagueantes. De pronto, aparecieron conversando con él dos personajes rodeados de esplendor, eran Moisés y Elías y hablaban de la muerte que le esperaba en Jerusalén.

Pedro y sus compañeros estaban rendidos de sueño, pero, despertándose, vieron la gloria de Jesús y de los que estaban con él. Cuando estos se retiraban, Pedro le dijo a Jesús: “Maestro, sería bueno que nos quedáramos aquí y que hiciéramos tres chozas: una para ti, una para Moisés y otra para Elías”, sin saber lo que decía.

No había terminado de hablar, cuando se formó una nube que los cubrió y ellos, al verse envueltos por la nube, se llenaron de miedo.

De la nube, salió una voz que decía: “Este es mi Hijo, mi escogido; escúchenlo”. Cuando cesó la voz, se quedó Jesús solo.

Los discípulos guardaron silencio y, por entonces, no dijeron, a nadie, nada de lo que habían visto.

Reflexión 

La transfiguración 

Por Padre Nicolás Schwizer



Hoy, la Iglesia nos presenta el suceso de la transfiguración del Señor. Parece que, al inicio de este tiempo de Cuaresma, la Iglesia quiere animarnos y fortalecernos con esta manifestación de la gloria de Jesús. Quiere preparamos para los momentos de dolor, de pasión y muerte de Él.

Creo que también, en nuestra propia experiencia, las horas de Tabor están muy cerca de las horas de Calvario. La gloria y el sufrimiento son, por lo general, inseparables en nuestras vidas.

Esa misma experiencia, marcó también la vida de los apóstoles. Pedro, Santiago y Juan (nos indica el Evangelio de hoy) están con Él en su transfiguración y son los mismos tres apóstoles que, poco después, acompañarán a Jesús en el huerto de Getsemaní.

 

En el Tabor, frente a la figura de Cristo llena de luz, se quedan deslumbrados y radiantes de gozo. En Getsemaní, ante la figura de Cristo empapada en sangre, en su oración angustiada, quedan trastornados por el miedo, por el escándalo y por el sueño.

Y es el mismo Pedro el que, en el Tabor, exclama: “¡Qué bien estamos aquí, hagamos tres chozas!”, y el que, poco después, protestara: “Te lo juro. No conozco a ese hombre”.

El rostro de Cristo transfigurado los entusiasma, los satisface, porque entra dentro de sus perspectivas, sus sueños y sus aspiraciones, pero el rostro de Cristo humillado, sufriendo, coronado de espinas les asusta, les llena de miedo, los escandaliza. No lo reconocen. No entra dentro de sus esperanzas.

Cuando uno se encuentra con Cristo y se decide a seguirlo, se enfrenta con una aventura llena de riesgos, de imprevistos, de hechos desconcertantes. Jesús no nos garantiza una permanencia prolongada sobre el Tabor. Es verdad, Él puede llevarnos consigo mucho más alto todavía, puede regalarnos momentos de felicidad inmensa.

Pero también puede llamarnos a que vigilemos con Él en interminables noches de angustia, de dudas, de oscuridad. Cuando parece que todo se va a hundir, cuando parece que nuestro mundo se viene abajo. Nos sentimos invadidos por el desánimo, por un sentido de inutilidad de nuestra vida y de nuestra actividad.

Sin embargo, es este justamente el punto decisivo de nuestra vida cristiana. Se trata de que no desertemos. Se trata de que nos quedemos clavados junto a Cristo, aun cuando su rostro es poco atrayente, incluso cuando nos da la impresión de que Él no está allí.

Hemos de saber decir, tanto en el Tabor como en Getsemaní: “Sí, conozco a ese hombre”. Hemos de reconocer su presencia aun cuando sea una presencia incomoda, comprometedora, aun cuando no haga más que desmentir nuestras más legítimas esperanzas.

Queridos hermanos, Jesús nos ha asegurado que una fe tan pequeña como un grano de mostaza es capaz de mover las montañas y es así como el Tabor, gracias a nosotros, puede avanzar un poco en la llanura. Es así como Jesús va transformando, poco a poco, nuestro mundo.

 

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