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6 de abril 2025

Juan: 8, 1-11 

En aquel tiempo, Jesús se retiró al monte de los Olivos y, al amanecer, se presentó de nuevo en el templo, donde la multitud se le acercaba; y él, sentado entre ellos, les enseñaba.
Entonces los escribas y fariseos le llevaron a una mujer sorprendida en adulterio, y poniéndola frente a él, le dijeron: “Maestro, esta mujer ha sido sorprendida en flagrante adulterio. Moisés nos manda en la ley apedrear a estas mujeres. ¿Tú que dices?”.
Le preguntaban esto para ponerle una trampa, y poder acusarlo. Pero Jesús se agachó, y se puso a escribir en el suelo con el dedo. Como insistían en su pregunta, se incorporó, y les dijo: “Aquel de ustedes que no tenga pecado, que le tire la primera piedra”. Se volvió a agachar, y siguió escribiendo en el suelo.
Al oír aquellas palabras, los acusadores comenzaron a escabullirse uno tras otro, empezando por los más viejos, hasta que dejaron solos a Jesús y a la mujer, que estaba de pie, junto a él.
Entonces Jesús se enderezó, y le preguntó: “Mujer, ¿dónde están los que te acusaban? ¿Nadie te ha condenado?”.
Ella le contestó: “Nadie, Señor”. Jesús le dijo: “Tampoco yo te condeno. Vete y ya no vuelvas a pecar”.

 

Reflexión 

La mujer adúltera 

Padre Nicolás Schwizer 

Instituto de los Padres de Schoenstatt

Este Evangelio debería ser suficiente para quitar de la boca de un cristiano toda palabra de condenación ante un hermano y para desvirtuar todo gesto de castigo.
Pero no es así. El episodio no ha logrado hacer desaparecer uno de los oficios más antiguos del mundo: la confesión de los pecados ajenos. Más que oficio es, tal vez, un juego de sociedad, incluso de una sociedad considerada cristiana. ¿Quién de nosotros no ha tomado parte en él alguna vez en su vida?

La única diferencia con los letrados y fariseos del Evangelio es que somos menos violentos en la ejecución. Hemos sustituido las piedras por el fango. Las piedras hacen daño. El fango no hace daño, pero ensucia, mancha y salpica.

Para condenar a los demás, para acusarlos y calumniarlos, es necesario ser ciego: ¿Cómo es que miras la paja que está en el ojo de tu hermano, y no reparas en la viga que está en tu ojo? Hipócrita, saca primero la viga de tu ojo, y entonces podrás ver para sacar la paja del ojo de tu hermano. (Mt 7, 3-5)

Para condenar a los demás, es necesario sufrir una irremediable amnesia: olvidarse de lo que es la realidad más indiscutible: todos somos pecadores.

La vida de los padres del desierto nos cuenta: Un hermano había caído en pecado. El sacerdote le ordenó que se alejase de la iglesia. Entonces el abad Besarión se levantó y salió al mismo tiempo diciendo: También yo soy pecador.

Cuantas veces nosotros, como el abad Besarión, tendríamos que abandonar nuestras reuniones de grupo, reuniones sociales diciendo como él: también yo soy pecador, también yo he caído en lo que estamos condenando.

Lo peor de todo: con nuestros juicios, nuestras acusaciones, estamos preparando nuestra propia condenación. El Evangelio no deja ninguna duda al respecto: No juzguéis, para que no seáis juzgados. Porque con el juicio con que juzguéis seréis juzgados, y con la medida que midáis seréis medidos. (Mt 7,1 s.)

Mis juicios, mis sentencias de condenación, son un material precioso que Dios lo conserva celosamente, que lo tiene todo registrado. Algún día me lo hará escuchar. Entonces el condenado seré yo y me lo he buscado. Lo he sabido desde siempre, desde que escuché el Evangelio de hoy, el de la mujer adúltera.

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