Al anochecer del día de la resurrección, estando cerradas las puertas de la casa donde se hallaban los discípulos, por miedo a los judíos, se presentó Jesús en medio de ellos y les dijo: «La paz esté con ustedes». Dicho esto, les mostró las manos y el costado. Cuando los discípulos vieron al Señor, se llenaron de alegría. De nuevo les dijo Jesús: «La paz esté con ustedes. Como el Padre me ha enviado, así también los envío yo». Después de decir esto, sopló sobre ellos y les dijo: «Reciban el Espíritu Santo. A los que les perdonen los pecados, les quedarán perdonados; ya los que no se los perdonen, les quedarán sin perdonar».
Tomás, uno de los Doce, a quien llamaban el Gemelo, no estaba con ellos cuando vino Jesús, y los otros discípulos le decían: «Hemos visto al Señor». Pero él les contestó: «Si no veo en sus manos la señal de los clavos y si no meto mi dedo en los agujeros de los clavos y no meto mi mano en su costado, no creeré».
Ocho días después, estaban reunidos los discípulos a puerta cerrada y Tomás estaba con ellos. Jesús se presentó de nuevo en medio de ellos y les dijo: «La paz esté con ustedes». Luego le dijo a Tomás: «Aquí están mis manos; acerca tu dedo. Trae acá tu mano, métela en mi costado y no sigas dudando, sino cree». Tomás le respondió: «¡Señor mío y Dios mío!». Jesús añadió: «Tú crees porque me has visto; dichosos los que creen sin haber visto». Otros muchos signos hizo Jesús en presencia de sus discípulos, pero no están escritos en este libro. Se escribieron éstos para que ustedes crean que Jesús es el Mesías, el Hijo de Dios, y para que, creyendo, tengan vida en su nombre.
Reflexión
La fe de María
Padre Nicolás Schwizer Instituto de los Padres de Schoenstatt
En estos días de Pascua, la Iglesia nos hace conocer – por medio de los textos bíblicos las distintas apariciones del Señor resucitado a los suyos. Nos invita así a peregrinar por ese camino del gozo, meditando cada una de esas experiencias con las que Él intentó convencerlos de su Resurrección y cambiar su tristeza en alegría.
Pero hay algo extraño en estas manifestaciones de Cristo resucitado: se aparece a los que lo han conocido más, pero ninguno de ellos lo reconoce. María Magdalena cree que se trata de un jardinero. Los discípulos de Emaús caminan toda una tarde con Él y recién al final, al partir el pan, lo reconocen. También cuando se manifiesta a los discípulos juntos, tiene que mostrarles sus manos y sus pies y hasta comer algo delante de ellos, porque creen que es algún espíritu.
En otra oportunidad los reprocha por su falta de fe y su porfía en no creer a los que lo han visto resucitado (Mc 16,14)
Parece que ya no es el mismo Jesús de antes: lo ven pero no lo reconocen. Jesús habla, pero siguen sin reconocerle. La vista, los sentidos no sirven ya para conocer al Señor en su nuevo estado de cuerpo resucitado y glorificado. Existe como un velo entre Él y los suyos.
La llave para entenderlo nos la da el Cardenal Newman cuando dice: Durante los cuarenta días que siguieron a la resurrección, nuestro Señor comenzó a mantener con su Iglesia las mismas relaciones que mantendría siempre con ella, queriendo sin duda alguna señalar de este modo cuál es ahora su presencia entre nosotros.
Y su presencia de ahora entre nosotros, la podemos reconocer solamente a la luz de la fe. Y así también los apóstoles tuvieron que admitir que Él podía manifestárseles bajo cualquier apariencia, con cualquier rostro. Lentamente, durante cuarenta días, fueron aprendiendo a esperarle en todo momento, en cualquier circunstancia, en cualquier hombre. Así, Cristo resucitado los fue educando poco a poco en la fe.
¿Y la Santísima Virgen?
Las apariciones de Jesús despiertan y educan la fe de los apóstoles. Pero a la fe de María no le hacían falta. Ella tuvo una sola gran aparición en su vida: su Anunciación, y esta aparición le bastó para siempre. La anunciación la dispensó para siempre de nuevas apariciones.
Se ha dicho que la fe es permanecer fiel en las tinieblas a aquello que se ha visto en la luz. María escuchó tan bien la palabra del ángel, que la guardó toda su vida, se alimentó de ella toda su vida.
Por eso, es improbable que aquella a la que su prima Isabel, al inicio de la salvación, saludaba: Feliz tú, porque has creído, no hubiera merecido plenamente la buenaventura final: Felices los que creen sin haber visto:
María fue la única a la que la muerte de Cristo no desalentó o mejor dicho ya que esto es poco a la que la muerte de Cristo no separó de Él. Durante la pasión y la muerte de Jesús, la Virgen sufrió tanto como puede humanamente sufrirse, pero conservando intacta su fe, su esperanza, su confianza total en el Padre.
Jesús podía dejar de vivir en su propio cuerpo, pero nunca en el corazón de su Madre.
Jesús salió del sepulcro al tercer día, no para consolar a su Madre, porque Ella no lo necesitaba, sino para encaminar a los demás adonde María los esperaba en silencio. Y cuando los que tenían una aparición corrieron a María para anunciarle la Buena Nueva, comprendieron en seguida que Ella ya lo sabía. Todos pudieron medir su fe, encontrar de nuevo su fe, en la fe de María.