Mientras reviso la cartera, me doy cuenta de la grotesca cantidad de ‘tickets’ guardados. Seguro, existirán más entre las hojas de los libros o desperdigados en el escritorio con la promesa del “por si acaso”. Quizás, hasta se escondan, como espíritus, entre los bolsillos de los pantalones a la espera del momento exacto para asustarme con la absurda cantidad de montos impresos en papel térmico.
La imagen me sobresalta. Favorecer el síndrome de Diógenes no se encuentra entre mis planes, aunque, tal vez, estoy más cerca de desarrollar algún tipo de contacto con espectros.
Me resulta inevitable no relacionar la acumulación de comprobantes con el mundo paranormal. ¿Cuántos fantasmas no hemos almacenado de manera irresponsable?, pienso luego de recordar haber escuchado que aquellas entidades son presencias incómodas que aún conservan el vínculo terrenal, manifestándose en una perpetua monotonía.
Así, quienes tienen la desventura de albergar a dichos entes, sabrán que desprenderse de ellos no solo es complicado, sino desgastante. Nada distinto de los molestos papelitos residuales, casi traslúcidos, que me observan desde los rincones menos habitables.
* Escritora y adicta al café. Autora del libro ‘Autómatas disfuncionales’.