Entras a la cafetería de siempre con el delicioso aroma a grano tostado. Escoges, habitualmente, la mesa del fondo, porque desde ahí puedes observar a todo el que entra o sale sin el repaso recriminatorio del que se encuentra en la primera o tercera mesa. Nadie se atreve a contemplar más de dos segundos a los que se recluyen al final, por temor a que les regresen la mirada; la mayoría prefieren sentirse los primeros en algo, aunque no sepan ni en qué (y eso incluye los lugares dispuestos en un sitio).
Sin embargo, no es uno de esos días “normales”. Siete pares de ojos, todos desde la esquina contraria, echan un vistazo inquieto sin apartarse de tu rostro. Todos llevan la misma chaqueta oscura que tú traes puesta, sus cuerpos se inclinan como el tuyo, mientras los dedos empiezan a tamborilear en la superficie, tal cual lo haces en ese instante. Concluyes que no se trata de simple pareidolia y conforme más te adentras en los detalles de los mirones, descubres que aquellos extraños te resultan irónicamente familiares.
Después de aquel juego de mímica, recuerdas haber leído en el periódico una teoría que ahondaba en la posibilidad de tener siete réplicas exactas de ti en el mundo; no obstante, la probabilidad de cruzarte con una de ellas era apenas del 0.007% ¿Qué tan mal debes caerle a la fortuna, para que tus dobles se presentaran en ese momento? ¿Te acercarías a reclamar tu nombre o saldrías corriendo antes de que ellos te reclamaran el suyo?
*Escritora y adicta al café. Autora del libro Autómatas disfuncionales. Instagram: @luna_daconte