El silencio de la madrugada me hizo retomar en la mente la hipótesis de una inteligencia superior que tuviera la capacidad de cartografiar la posición y velocidad de cada partícula en el cosmos; como consecuencia, también “predeciría” matemáticamente las decisiones de cada ser humano (presente, pasado o futuro). Dicha entidad, conocida en el mundo de los deterministas como el Demonio de Laplace, tendría la vasta experiencia de quien ya conoce el final de todos los tiempos.
Si el demonio se asomara a la hoja llena de tachones en mi libreta, seguro soltaría una carcajada arrogante, refutando, con amplia seguridad, que todo cuanto he plasmado con mi letra sólo es el resultado previsible de una larguísima cadena de causas físicas que se originó con el Big Bang. Seguro yo sostendría la pluma, como quien empuña un arma de rebelión existencial, plantándole cara a la tiranía de aquellos cálculos en apariencia rígidos.
Así pues, como la tenacidad me precede, no dudaría en ningún momento en advertirle sobre la autoconciencia, siendo la escritura (y la literatura) el reino de la contradicción consciente y del azar voluntario. Tal vez el demonio pueda vaticinar con exactitud aterradora la trayectoria lineal de la tinta o la fuerza con que se golpean las letras en el teclado de una computadora, pero sería incapaz de predecir el peso del dolor, la felicidad o la imaginación que hace que las palabras cobren vida.
*Escritora y adicta al café. Autora del libro Autómatas disfuncionales.