La aparición de una contrariedad siempre marca un suceso en mi persona. Para sorpresa de nadie me reconozco como un adicto a la melancolía y la nostalgia. Con frecuencia revisito pasajes donde experimenté grandes alegrías, un rasgo que, imagino, comparto con mis colegas: la obsesión por la memoria.
Repasando fotografías de secundaria me vi de pronto descolocado de la realidad, arrojado vertiginosamente a un estado tambaleante. Cada imagen aumentaba mi extrañamiento al aceptar que echaba en falta un sentimiento tan complejo como el miedo. Por supuesto, me refiero a sensaciones específicas como la angustia de tomar un camión por primera vez e ir descubriendo que ninguna de las fachadas es conocida.
Detesto las redes sociales, su constante bombardeo de información inútil y de actualidad agobiante me azotan a diario. De no ser por los recuerdos digitales hace mucho las hubiera abandonado. Lo cierto es que en el cierre de un año sumamente convulso (¿cuándo no lo ha sido?) echo de menos esas antiguas preocupaciones: exámenes, llamar la atención de alguien, ir a una fiesta… Desearía, como todos, abandonar la aflicción por una violencia que nos tiene en estado de sitio.