La agitación mundial nos ha empujado hasta marzo (quisiera esa misma celeridad en cada jornada de oficina). Las últimas semanas han derivado en una andanada de imágenes, videos y notas “periodísticas” con efectos agobiantes.
No me quejo, esa sensación abrumadora es algo que busco de manera voluntaria. Enterarme del entorno inmediato, y otros contextos, me ayuda a desarrollar empatía y ver todo con perspectiva. La realidad, tanto como la saturación informativa, es un proyectil que ataca despiadadamente a los menos culpables: transeúntes, niñas estudiantes, comerciantes…
No obstante, aun cuando nos absorbe a todos, existen maneras de sobrevivir a la vorágine de incertidumbre: lo más extraordinario de la vida ocurre al abrir los ojos. Tras el velo de la rutina, por una rendija pequeña, se cuelan las maravillas de la cotidianeidad; la taza de café por la mañana; el gélido trago de una bebida con el sol cayendo a plomo; la combinación irrepetible de colores en el cielo; la risa de los seres queridos; una canción…
Tómese un momento, respire profundamente y, si es necesario, vuelva a leer estas palabras. Después de todo, nadie puede arrebatarnos el instante.
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