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7 de abril 2026

Laura Aguilar Roldán

En febrero de 2026, el mercado laboral mexicano ofreció una señal que, leída rápido, parecería alentadora: se sumaron 594,288 personas a la ocupación y la tasa de desocupación bajó de 2.7% en enero a 2.6% en febrero. Pero, como ocurre a menudo con las estadísticas, el dato más importante no está en el encabezado, sino en la letra fina: 57 de cada 100 nuevas ocupaciones surgieron del trabajo por cuenta propia. Hoy, 13.7 millones de personas viven de esa modalidad, el nivel más alto desde que el INEGI comenzó a medirla en 2005.

La cifra obliga a mirar el empleo sin triunfalismos. Porque no todo crecimiento del trabajo significa estabilidad. Una parte relevante de ese avance no vino de empresas que contratan, capacitan y ofrecen prestaciones, sino de personas que, ante la falta de opciones, salieron a inventarse una fuente de ingreso. Vender, reparar, cocinar, sembrar, bordar, trasladar, ofrecer servicios, abrir una pequeña página en redes o convertir una habilidad doméstica en sustento. Eso también es trabajo. Pero no siempre es sinónimo de certeza.
Hay algo admirable en ese movimiento silencioso. El autoempleo habla de una sociedad que no se rinde. Habla de creatividad, de disciplina, de familias que se reorganizan para salir adelante cuando el empleo formal no alcanza. Pero también revela una fragilidad de fondo: demasiadas personas no emprenden por vocación, sino por necesidad. No están eligiendo entre caminos; están tomando el único que quedó abierto. Y cuando eso sucede, el riesgo es que la estadística mejore mientras la precariedad se normaliza.
Lo he visto de cerca. En el trabajo comunitario, especialmente con mujeres, muchas veces el primer paso no es abrir un negocio, sino recuperar la confianza. Por eso los talleres comunitarios importan. No solo porque enseñan a hacer jabones artesanales, huertos urbanos, hidroponía, mermeladas o productos que pueden convertirse en ingreso, sino porque reconstruyen algo más profundo: la idea de que una persona sí puede volver a empezar. En esos espacios no solo se comparte una técnica; se comparte ánimo, acompañamiento y una red que sostiene. Allí, muchas mujeres descubren que todavía tienen algo valioso que ofrecer y que su experiencia también puede transformarse en autonomía.
Con el tiempo, una aprende que el verdadero producto de estos procesos no siempre cabe en una mesa de exhibición. A veces no es la venta inmediata, sino la seguridad recuperada. La mujer que llegó callada y después propone. La que dudaba y luego cobra por su trabajo. La que pensaba que ya era tarde y termina enseñando a otras. Esa confianza no aparece en los indicadores nacionales, pero explica por qué algunos proyectos sí echan raíces.
México necesita tomarse en serio esa transición. Si el trabajo por cuenta propia va a seguir creciendo, no puede seguir haciéndolo a la intemperie. Hace falta crédito accesible, capacitación útil, trámites simples, acompañamiento contable y protección social mínima para quienes sostienen su ingreso sin patrón. Hace falta, también, una política pública que deje de mirar al pequeño emprendedor como sobreviviente aislado y lo entienda como parte de la economía real del país.

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