En Chile, cuando algo no fue por casualidad ni por suerte, dicen: no fue cuea. Y eso hoy le queda perfecto a Gallos.
Después de la tarde con Tigres, buena parte de la prensa nacional, detractores y hasta uno que otro gallo de ocasión quisieron vender que lo de Querétaro había sido casualidad. Luego fueron con el Atlas y siguieron igual. Pero cuando Gallos le pegó al bicampeón Toluca en el Corregidora y le quitó el invicto, algo cambió.
Desde la jornada 1 contra Pumas ya se veía una idea. Faltaba callo, sobraban tropiezos y había que entender rápido de qué estaba hecha esta liga. Fueron semanas de ir agarrando tablas, de competir mejor, de equivocarse menos y de empezar a jugar con más oficio, más vergüenza deportiva y más corazón.
Luego llegó Juárez. Gallos había ganado en los 90 minutos, pero el árbitro agregó 11 más. Faltando minuto y medio marcó penal, le empataron y en cuanto cobró se acabó todo. Nos quitaron dos puntos, sí, pero quedó claro que este Gallo ya competía.
Después vino Necaxa. Lluvia, granizo y un Corregidora que no se movió. Gallos metió tres goles, algo que no pasaba hace tiempo, en una noche brava. Muchos aficionados salieron empapados, quizá hoy enfermos, pero felices. Valió la pena.
Hoy son cinco juegos sin perder, siete de nueve puntos en casa y un equipo con identidad. Hay trabajo, hay proceso y un cuerpo técnico que ya pegó la cachá. Gallos volvió a latir. Ya no es casualidad. Y en una liga donde tantas veces mandan las nóminas, este equipo decidió crecer desde el orgullo. ¡Dale Gallos!