En días pasados leyendo un poco sobre la alternativa de la matadora Cristina Sánchez que se realizó hace 30 años en Nimes, Francia el 25 de mayo de 1996, fue un momento marcado en la historia de la tauromaquia por ser la primer mujer en doctorarse en un Coso tan importante y teniendo como padrino al Maestro Curro Romero y atestiguando al diestro José María Manzanares (padre), se dice que al momento de la ceremonia el Faraón de Camas le dijo: «Torear es como acariciar. Como las mujeres son las que mejor acarician, también torearán bien».
Una frase que tomo mucha trascendencia en el mundo taurino por estar llena de verdad. Sin embargo mi mente me llevo a pensar en las madres de los toreros, aquellas de quien nunca se habla, a las que no se les reconoce y que sin duda son las que mejor saben acariciar.
Ellas que son fuerza, dulzura, apoyo, consejo, las que disfrutan de los triunfos a distancia y reconfortan en los fracasos. Las que sonríen a solas y secan lágrimas, las que esperan y no desesperan, las que confían en sus hijos pero le rezan y se aferran a vírgenes, santos y crucifijos.
Sin duda son mujeres especiales, que son fuerza, delicadeza, ternura, apoyo, seguridad y orgullosas pero temerosas; las que los ven partir muy jóvenes sin saber cuándo será el regreso esperado y fugaz, y a las que no les preocupa ni los rabos ni las orejas y que el triunfo para ellas es verlos salir de pie y caminando después de enfrentar a una bestia.
Para todas esas madres que sigan bendiciendo y acariciando la mente y el corazón de sus hijos, esos que vestidos de luces nosotros llamamos ¡toreros!