Hace 71 años, México vivió un momento que cambió para siempre la democracia: el 03 de julio de 1955 las mujeres mexicanas conquistamos el derecho a votar en una elección federal y hoy, generaciones después, las mujeres no solo acudimos a las urnas, también somos votadas, tomamos decisiones y ocupamos espacios de responsabilidad pública.
Desde entonces, muchas mujeres se han abierto camino en espacios que durante años parecían imposibles. 71 años después vivimos una etapa histórica: México tiene por primera vez una Presidenta de la República y 13 mujeres encabezan gobiernos estatales y las acciones afirmativas han permitido que las mujeres representen alrededor de la mitad de los espacios en el Congreso de la Unión y en los congresos locales.
Pero la historia no termina en ocupar un espacio, el verdadero reto es que cada mujer tenga las condiciones para participar con libertad, autonomía y voz propia; que podamos estar en las mesas donde se toman las decisiones no solo como representación, sino como protagonistas de los cambios que nuestra sociedad necesita.
Como mujer en la vida pública, estoy convencida que cada puerta que se abre implica una responsabilidad enorme en no olvidar a quienes lucharon antes que nosotras y en ser generosas para que las nuevas generaciones encuentren un camino más libre y más justo. Porque el reto de nuestra generación es que ninguna mujer tenga que esperar décadas para ser escuchada, que ninguna aspiración tenga como límite su género y que la participación de las mujeres deje de verse como una excepción para convertirse en una parte natural de la vida pública.