Vio nacer a Leonarda el pueblo de indios llamado “La Punta”, en Querétaro, el año de 1842 habiéndola bautizado con el nombre de Leonarda Emilia, seguido de su primer apellido, Martínez. La vida, las decepciones y los resabios acunados desde pequeña en el alma de esta mujer, se le sumaron los maltratos sufridos de parte de políticos corruptos -que eran muchos y muy hábiles- o de algunos acaudalados personajes locales, la llevaron -casi de la mano- a convertirse en una bandolera, inspirada en un principio de justicia social. La mejor justicia es la venganza parecerá ser el credo de Leonarda. Sí, Leonarda fue una persona real pero la tradición oral que invariablemente relató sus aventuras, la llevó al altar de la leyenda. Hasta nuestros días.
Leonarda saboreaba de manera natural la magia de su liderazgo ante los bobos de sus amiguito en la escuela, institución a la que acudía un día sí y otro no. Apandillar era cosa fácil y sus amiguitas, se sentían felices cuando les asignaba alguna tarea, como hacer mandados o el de esparcir chismes por donde o con quien le conviniera, como el humo de incienso que se mete hasta los huesos y el cerebro de las víctimas.
Francisca, abuela de Leonarda, encontró el momento adecuado para hablar con la niña de sus ojos:
– Leonarda, hoy amanecí cansada, me quedaré en cama, solo un ratito. Tráeme una cobijita, siento frío en mis piernas.
La muchacha sabiendo en su entraña, que la abuela moriría pronto, regresó con la cobija, la extendió suavemente a los pies de la anciana, quien llama a su nieta con el suave movimiento de una manita casi trasparente. Leonarda se acercó. Apenas sintió la mano de su nieta, Francisca se aferró a ella como si fuera un tronco en la mitad de un río revuelto. Se miraron con profundidad y Leonarda acercó su oído a la abuela, quien balbuceando, se despide de su adorada niña.
– Quiero despedirme, pues ya me voy mi niña. Pórtate bien para poder esperarte en el cielo, si es que el Señor me recibe por allá en esas alturas.
– Claro que sí mi viejita linda, te abrazará con alegría pues eres la consentida de Nuestro Señor. Además, la Virgencita del Carmen te acompañará ante Él.
Con una sonrisa pacífica, la señora dijo:
– Eres una carambada muchacha, -queriendo decir caramba, por latosa y traviesa-. Ambas sonrieron y le recomendó:
– Sigue como hasta ahora has sido. Defiende lo que es justo y cuídate de la estupidez de tantos. No des entrada a acciones corruptas y sé tolerante con tu madre que tanto te quiere. Nunca reniegues de tus creencias y tus principios, aunque estés enojada, éstos serán el pilar en tu vida. Si encuentras el amor, no le des la espalda: Hay poco en este mundo y no se puede desperdiciar. Lucha, lucha siempre y que la muerte sea la que te marque el final. Nunca abdiques, como hasta ahora.
Con estas palabras y un largo suspiro, la cansada mujer murió, dejando a Leonarda con una tristeza nunca vivida. Francisca murió de vieja, después de portar un cuerpo por casi 100 años, pero con una expresión de paz infinita en su rostro, con la mano de su pequeña bien sujeta, quien a media voz le dice, como si estuviera platicando:
– Mira, mi Panchita preciosa, desde hoy seré tu carambada y yo me bautizo en este instante y en tu honor, con el nombre de ‘La Carambada’, dejando el de Leonarda Emilia solo para la historia. Alzando la mano, semejando una sacerdotisa, se bautizó diciendo con una voz grave y poderosa: En el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. En este acto de autosuficiencia, hasta de soberbia, distintivo en esta mujer de apenas 17 años, surgió la leyenda para el mundo, la bribona adolecente que pondría en jaque a las policías de este territorio por los siguientes 10 años.
Leonarda, ‘La Carambada’, vivía en un singular territorio lleno de oportunidades comerciales y de un intenso tráfico de personas y productos, sobre todo los relativos al hospedaje, la comida y los giros negros, como es el alcohol y los juegos de azahar. Por consecuencia –igual y como ocurre en nuestros días-, el flujo del dinero atraía a los delincuentes y todo aquello asociado con el dinero arrebatado a los parroquianos o los visitantes.
Querétaro, a mediados del Siglo XVIII, era ya una importante ciudad en la ruta de mercancías y paso obligado hacia la Capital, por lo que se convirtió rápidamente en un atractivo negocio para hampones de toda clase, incluyendo -ya en el siglo XIX- al famoso ‘Chucho El Roto’, quien hizo de las suyas por una temporada corta de 3 años y que no duró más pues aquí terminaron sus correrías y engaños a personas y empresas. En Querétaro no solo finalizó la aventura imperial de Maximiliano, al ser procesado y finalmente fusilado, junta con dos de sus más leales comandantes, sino, además, aquí terminó la gloriosa e increíble historieta de Jesús Arriaga ‘Chucho El Roto’ -el rey del disfraz-, al ser apresado en los rumbos de su guarida en el poblado de Saldarriaga, luego de un efectivo trabajo de inteligencia de la policía local. (Continuará 3/10).