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16 de noviembre 2025

El día que salió del hospital, Neto llevaba los días contados, 623 exactamente. Castigándose, rascando la herida, decía que debían ser más, si se contaran desde el mero día del accidente.

Sí, Ernesto estaba roto con esta desgracia, después de tantos días transcurridos. No podía ser de otra manera, pues vivía inválido, atado a una silla, noche y día, hablando solo, repitiendo y repitiendo, recordando el techo de tela del auto cuando este quedó de cabeza en la cuneta. Desde un rincón de la memoria, regresaba la suave voz maternal, machacando, aconsejándole que no debía conducir cuando bebiera licor, que recordara cómo había muerto su padre.

La madre de Neto, Celeste, entra a la salita acondicionada como estudio, fingiendo un estado de ánimo fresco y alegre, llevando una charola con el desayuno para su hijo

– Hoy vendrá Sandra, ¿verdad?

– Si mamá, pero no es Sandra, sino Sandy, no se te olvide… me dijo que vendría como a las 10, pues ya la cambiaron de turno y comienza a las 3. Pero, sabes, no me gusta que venga. No me gusta que me vea así.

– ¿Cómo así?

– Pues todo jodido, sin piernas, encabronado y sin bañarme, sucio, pegado a esta silla de mierda y en este encierro… en estas 4 paredes que a veces me pesan como una plancha de acero, como las que manejaba en la fábrica.

Ante estos argumentos, Celeste baja la cabeza con humildad y hasta respeto por el sufrimiento de su hijo. Sobreponiéndose le dice

– Sandra, Sandy, no ve todo esto que dices, ella ve lo que en verdad eres tú, verdades ocultas, como tu juventud, tu cerebro de geniecito y tus manos seguras, sabias, recias y suaves. Agitado en su interior al escuchar estas palabras, Neto queda en silencio, clavando la mirada en el piso. Celeste al ver que Neto abre su ánimo, arremete

– Esta novia tuya sí me gusta y si le digo Sandra, es porque es un nombre muy lindo y ella acepta que le diga así. Nos caemos bien. Qué Sandy ni que nada, suena muy gringo y acaramelado.

– No te molestes Celeste, agradeciendo a su madre. Desayuno en el comedor o en la cocina, llévate la charola para allá… Ya tienes suficiente con todo el quehacer que tienes. Celeste estalla diciendo:

– ¡Ay!, me encanta que me llames por mi nombre, besándole las manos… amanecí de buen humor y quiero contagiarlo. En la madrugada, apenas brilló el sol, brinqué de la cama y fui a la cocina. ¿Qué le gustará a mi niño para desayunar? …espero que le gusten estos Chilaquiles en salsa morita, con su crema y quesito, cebolla y cilantro picaditos. Un atole de chocolate bien caliente… ¿O es champurrado?

Acabando con el contenido de la charola, Neto exclama animado,

– ¡Como príncipe!

Acto seguido, se llega al baño para asearse los dientes, rasurarse y hasta pensó en bañarse, al menos con esponja. Quería estar presentable para cuando su Sandy llegara fresca, juvenil, alegre, con la caricia de siempre. Tantos arrumacos, sin embargo, lo irritaban un poco, pues lo hacían entrar en esa zona de confort que lo alejaba del consuetudinario rostro de tristeza, que, además y paradójicamente, mostraba una tendencia masoquista.

Ernesto, consciente o no, desconocía los esfuerzos de todos para que las cosas le fueran más llevaderas: Celeste, su madre, Catalina, su hermana menor y Sandra, las mujeres que han estado con él desde el mismo día del accidente, sufriendo parte del viacrucis al acompañarlo en la ambulancia de la Cruz Roja y posteriormente, los incómodos días en el Hospital Español. Las operaciones, las juntas médicas, el estado en coma por dos semanas y finalmente, llevarlo a casa todavía con cuidados extremos, para su recuperación. Pasaron 623 días exactamente, casi dos años, sin escatimar el esfuerzo de aquellos que lo aman, unos más otros menos, pero todos le dedicaron no solamente tiempo a su querido Neto, sino hasta parte de su vida.

Ernesto entró al baño, acondicionado especialmente, sin avisar a nadie, pues se sentía seguro, cerrando la puerta con suavidad. Fue entonces que percibió un olor desagradable, aunque familiar. La incontinencia fecal lo desquiciaba, sintiéndose indefenso y miserable, provocando que su cabeza y su ánimo comenzaran a girar sin control. No quiso llamar a su madre y se las arregló solo, aunque molido emocionalmente. Recobrado, se vio en el espejo y el fantasma de lo horripilante volvió con fuerza. Su rostro desencajado, la mirada húmeda y extraviada lo asustó de tal manera que balbuceó la palabra ¡Mamá!… Nadie lo escuchó, habló el niño interno que al sentirse vulnerable, suplicó la presencia de su madre. Al final, sale para los demás, acicalado y limpio del trance. Cansado, muy cansado.

– Le diré a Sandy que estoy agotado, que se vaya y mejor nos vemos otro día.

Ernesto, aparentemente equilibrado, no se daba cuenta que sus manos, crispadas, estaban aferradas a los brazos de la silla de ruedas… ve reflejado su rostro en una luna que cuelga de uno de los muros del estudio. Mueve la cabeza para uno y otro lado y confirma que está bien peinado. En este momento escuchó la reconfortante presencia de Sandy en el pasillo y recobra la cara amable de siempre. No le contará el penoso episodio en el baño, dicéndose… Para qué, ya todo pasó.

Sandy apenas cruzó la puerta de la habitación y sin más, sin mediar palabra, se lanzó a los pies de Ernesto. Lo abrazó por la cintura y permaneció así por un poco más de un minuto. Atónito, el joven dejó que la muchacha hiciera lo que quisiera, haciendo del encuentro un evento en el que se fundieron ambos en un solo ser, a la velocidad del sonido. Al incorporarse, ella lo miró con sus ojos café claros, casi verdes, con la mirada húmeda y profunda de mujer enamorada

– ¡Eres maravilloso, chiquito!

– Bueno, eso ya lo sé nenita, sonriendo ambos… pero dime, ¿Qué onda? Ernesto ya recuperado de la avalancha emotiva de su novia

– ¡Eres fantástico! Lo vuelve a abrazar, ahora con una actitud menos festiva y pregunta

– ¿Recuerdas que esperábamos la respuesta de la empresa a la que enviamos tu hoja curricular, la que se las da de ser socialmente responsable?

– ¡Claro! Es ahora Ernesto quien abre la mente, el corazón, los ojos, olvidando su postración física y mental.

– Pues llegó la carta en la que te aceptan a partir del 1º junio. Se fijaron en ti por tus antecedentes y, sobre todo, por el contenido de tu Tesis como Ingeniero en Sistemas, trabajo que permitió obtener la beca para el Grado de Maestría en la UVM.

Sandy era el ser más feliz del universo. Ernesto ahora podía alcanzar algo muy distinto a la cárcel que el destino le había impuesto, algo infinitamente superior. Su vaso está semi lleno, a punto de llenarse, gracias al amor incondicional de todos. Celeste llegó unos minutos después de esta escena tan elocuente, sencilla y bella, pero percibió en los rostros de los jóvenes ese tono feliz.

– ¿Qué se traen ustedes? Le comentan lo ocurrido, sorprendida y plena, se deja caer en un sillón, exclamando, casi gritando

– ¡Ya lo sabía, ya lo sabía! ¡Por eso me levanté de buen humor y quise compartirlo con todos! ¡Ya lo sabía, ya lo sabía!

La temprana luz de la mañana, habiendo llenado la habitación de energía, esta se iluminó aún más al fundirse nuestros tres personajes, en un cálido abrazo, quedando en el olvido el incidente de Ernesto en el cuarto de baño. Aunque en canchas distintas, ellos sabían que tenían que seguir luchando, conscientes de que un vaso un día puede estar lleno hasta la coronilla, pero al día siguiente, podrá estar medio lleno. Con estas lecciones aprendidas, se conforman con lo que la vida les impone y esperan, sabiamente, a que esta les compense aun cuando sea de extrañas maneras.

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